Fidencio Aguilar Víquez
El discurso filosófico —como el científico y el literario— se sostiene en la triada yo-aquí-ahora (en este momento), según Michel Foucault (1). De forma singular se centra en el sujeto que habla, con su «aquí» y «ahora». Así, el «yo» del filósofo que habla o está hablando cobra relevancia. Otros discursos no tienen esa relación especial, o el sujeto que los dice está sustraído de ese «aquí» y «ahora» o, bien, éstos están desvinculados de su determinación concreta: tales son los sujetos de la ciencia y/o de la literatura.
Al señalar la verdad filosófica, el discurso del filósofo ha de mostrar en qué condiciones se da aquella y cómo se muestra a éste. El logos que manifiesta tal verdad se refiere a la forma, al objeto y a la existencia en que él mismo se muestra. La forma es la morfología —sintaxis y semántica— y la coherencia del discurso. El objeto alude a su determinación real o posible. Forma y objeto asemeja a la filosofía con la ciencia. La existencia distingue a la filosofía: muestra al sujeto hablante que sostiene al logos.
En otros términos, el discurso filosófico requiere de la existencia de alguien que lo emita. Desde el siglo XVII, dice Foucault, en la filosofía occidental, ha habido confusiones entre el discurso científico y el filosófico. El primero ha puesto en tela de juicio al «ahora» del sujeto cognoscente y ha prescindido de éste. El segundo ha pretendido llevar a cabo la justificación de sus enunciados de forma similar al discurso científico y ha terminado haciendo teoría del sujeto, una premisa de la modernidad.
De esta forma, el discurso filosófico está determinado por su propia verdad; por ello, ha de explicar cómo tal verdad, estando oculta o escondida, se revela y sale a la luz. En tal tarea hay dos tipos de análisis. Por un lado, el acceso a la verdad es complicado, pero posible; abierto y, al mismo tiempo, oculto (esto se muestra como experiencia pasajera). Así, el filósofo no habla al azar. Por otro lado, hay una necesidad que revela la apertura secreta y muestra la posibilidad de la verdad hasta entonces negada.
El primer tipo de análisis muestra la posibilidad general de acceso a la verdad, o lo que es lo mismo, la esencia de la verdad es mostrarse; muestra también la posibilidad de su rechazo, ese “accidente” que ciega los ojos de todos en un «ahora» determinado; y, sobre todo, la posibilidad de «recuperación» y cancelación del rechazo. El segundo tipo de análisis muestra que toda espera, retraso o retroceso no es sino una sombra fundamental —su dinámica— en la cual (o por la cual) la verdad misma se manifiesta.
Así, el discurso filosófico libera el espacio iluminado por la verdad y muestra el movimiento por el cual ésta llega al filósofo que la formula; “el ahora del discurso filosófico constituye el único lugar, el único instante, la única forma de que la verdad pueda acceder al discurso” (2). De este modo, también, han surgido dos formas de filosofía: a) Como develamiento de la verdad —con sus leyes, su oscurecimiento, la posibilidad del error y el discurso liberado por el filósofo vinculado a ella—; b) Como manifestación de la verdad en la historia: evolución, maduración, corrección.
Las dos formas de filosofía se han dado en el pensamiento occidental desde el s. XVII, una ligada al cogito como forma pura o como sujeto que tiene acceso a la verdad, la otra como universal emancipado de tiempo y lugar. Una va de Descartes a Kant; la otra fue completada por Hegel y sus vertientes posteriores. “Así se completa el ciclo funcional del sujeto con respecto al discurso: solo un sujeto consciente de sí y universal puede garantizar la validez de un discurso como el de la filosofía occidental.” (3).
De tal modo, el discurso filosófico muestra cuatro construcciones discursivas, con sus exigencias funcionales y sus tareas respectivas: a) Justificación; con su exigencia funcional de develamiento/manifestación de la verdad, con su tarea que ha desembocado en una teoría del sujeto; b) Interpretación; con su exigencia de análisis genético/búsqueda de sentido, y su tarea del descubrimiento de la significación fundamental y originaria; c) Crítica; su exigencia de explicación de la apariencia/revelación del inconsciente, y su tarea de cambiar el mundo cotidiano; d) Comentario; su exigencia de recopilación del saber (enciclopedia/memoria), y su tarea de enunciar el logos del mundo (4).
La justificación formula la teoría del sujeto ha postulado términos como substancia pensante, idea, impresión y conciencia de la impresión, yo, subjetividad trascendental. La interpretación muestra que la búsqueda de significación ha llevado a la convicción de un entendimiento limitado por una voluntad infinita, a la determinación de una naturaleza humana con sus virtudes y necesidades fundamentales, a la noción de experiencia en general y al espíritu que se constituye y manifiesta en la historia.
Por su parte la crítica busca un control de las pasiones, la imaginación y el cuerpo (control de la naturaleza por el conocimiento); el descubrimiento de la ley moral en la historia; y la toma de conciencia de toda alienación humana. El comentario, en su búsqueda de enunciar el logos del mundo, ha terminado formulando una teodicea, una teoría de la historia universal, una lógica general y/o una dialéctica de toda contradicción del mundo, todo ello bajo la forma de enciclopedia o memoria (5).
En suma, “lo que la no filosofía pide a la filosofía es siempre que diga lo que pasa, lo que se manifiesta y se oculta en el presente, qué oscuridad o qué mal, qué caída o qué olvido nos separa de lo que es, y qué palabra, por último, nos lo restituirá.” (6). El discurso filosófico se distingue del discurso cotidiano porque su sentido sigue abierto (éste lo agota en el aquí y ahora); del discurso científico porque su ahora sigue vivo (éste lo neutraliza); del religioso porque su logos se ha temporalizado (éste lo abre al logos eterno). Incluso se distingue del discurso literario, pero esa es otra historia.
Referencias:
1. Michel Foucault, El discurso filosófico, Siglo XXI, México 2025.
2. Ib., p. 46.
3. Ib., p. 50.
4. Ib., pp. 103-104.
5. Ib., pp. 106-107.
6. Ib., p. 105.
