Estar conectado es un trabajo de tiempo completo

Vivimos conectados como nunca antes, pero esa disponibilidad permanente comienza a transformar silenciosamente nuestras relaciones. Responder mensajes, revisar quién está en línea, observar la vida de los demás y esperar reacciones puede convertir la conexión digital en una sucesión de pequeñas obligaciones emocionales. Fenómenos como el FoMO, la comparación social, el ostracismo percibido y la…

La paradoja de una sociedad que nunca había estado tan comunicada, pero descubre el costo emocional de permanecer siempre disponible

Hay una escena que se repite millones de veces cada día. Una persona envía un mensaje. Pasan unos minutos. Mira nuevamente el teléfono. El mensaje ya fue leído, pero no hay respuesta. Mientras espera descubre que su interlocutor acaba de publicar una fotografía, reaccionó a otra conversación o aparece conectado. Entonces surge la pregunta: si está ahí, ¿por qué no me responde? Parece un episodio trivial. Sin embargo, detrás de esa pequeña inquietud existe una transformación sociológica considerable.

Durante siglos, comunicarnos dependía de coincidir físicamente, enviar una carta, encontrar un teléfono o esperar determinados momentos. Hoy cargamos en el bolsillo una infraestructura que permite conversar prácticamente con cualquier persona a cualquier hora. La posibilidad es extraordinaria. Pero aquella posibilidad está convirtiéndose silenciosamente en otra cosa: la expectativa de estar siempre disponibles. Y ahí comienza el problema.

De estar comunicados a estar permanentemente localizables

Las redes sociales y la mensajería instantánea no solamente han acelerado nuestras conversaciones. También han modificado las reglas sociales que las rodean. Ahora sabemos cuándo un mensaje llegó. A veces sabemos cuándo fue leído. Podemos saber cuándo alguien estuvo conectado. Podemos observar lo que publicó mientras esperábamos su respuesta. Es decir, la comunicación adquirió una especie de trazabilidad social.

Esta transformación importa porque los seres humanos no intercambiamos solamente información. Interpretamos continuamente señales de interés, aceptación, afecto, reciprocidad y pertenencia.

Un estudio publicado en 2025 por Federica Angelini y Gianluca Gini examinó precisamente estas nuevas presiones. Investigaron a 1,185 adolescentes durante dos momentos separados por seis meses y distinguieron dos manifestaciones del estrés digital: entrapment, o sentirse atrapado por la expectativa de permanecer disponible, y disappointment, la decepción producida cuando los amigos no responden como se esperaba (Angelini & Gini, 2025).

El resultado fue revelador. Después de considerar el nivel inicial de conflictos entre amigos, fue la decepción por la falta de respuesta esperada —y no simplemente la presión de estar disponible— la que predijo significativamente conflictos posteriores.

Angelini lo explica en términos muy cotidianos: «Las personas se sienten decepcionadas por la disponibilidad o por la capacidad de respuesta de sus amigos en línea» (Angelini, citada por Frontiers, 2025; traducción propia).

Esto permite comprender una paradoja de nuestro tiempo. Quizá no solamente nos cansamos porque tenemos demasiados mensajes que contestar. También nos cansamos esperando respuestas.

La amistad convertida en trabajo emocional

La expresión puede parecer exagerada, pero describe bastante bien una experiencia contemporánea. Responder mensajes, reaccionar a publicaciones, revisar grupos, contestar felicitaciones, confirmar que vimos una fotografía, explicar por qué tardamos en responder, preguntarnos por qué alguien más tardó, mantener conversaciones simultáneas, cuidar qué publicamos y observar quién reaccionó y quién no.

Cada acción parece insignificante. Acumuladas, pueden convertirse en una jornada de pequeñas obligaciones sociales que comienza al despertar y termina junto a la cama. No se trata de afirmar que conversar con nuestros amigos sea «trabajar». Se trata de reconocer que las plataformas pueden transformar el vínculo en una estructura de microobligaciones emocionales permanentes.

Angelini y Gini (2025) encontraron, además, que las normas del grupo influyen poderosamente. Cuanto más percibían los adolescentes que sus amigos consideraban importante utilizar redes y permanecer activos, mayores eran tanto la sensación de presión como la decepción frente a la falta de respuesta.

La sociología conoce bien este proceso. Las normas sociales no necesitan estar escritas. Nadie decreta que debemos contestar WhatsApp en diez minutos. Ningún reglamento establece cuánto debemos tardar en reaccionar a una fotografía. Pero observamos lo que hacen los demás, descubrimos aquello que nuestro grupo considera apropiado y comenzamos a comportarnos de manera semejante.

Así nace una norma. Y cuando una práctica tecnológica se convierte en norma social, dejar de realizarla empieza a requerir explicación.

Cuando el silencio comienza a parecer rechazo

Existe otra novedad cultural todavía más profunda. Antes, el silencio podía significar prácticamente cualquier cosa. La persona podía estar ocupada, no haber visto el mensaje, encontrarse lejos o estar descansando. Hoy disponemos de más información sobre lo que el otro aparentemente está haciendo. Y eso convierte algunas ausencias en algo psicológicamente visible.

Kipling Williams, uno de los principales investigadores sobre ostracismo, ha estudiado durante décadas qué ocurre cuando una persona se siente ignorada, excluida o rechazada. Su revisión clásica señala: «Los episodios breves de ostracismo generan tristeza e ira y amenazan necesidades humanas fundamentales» (Williams, 2007; traducción propia).

Williams explica que el ostracismo puede amenazar necesidades fundamentales relacionadas con la pertenencia, la autoestima, el control y el reconocimiento de la propia existencia social.

Naturalmente, que alguien tarde en responder un mensaje no significa que nos esté excluyendo. Ésa es precisamente la distinción importante. La tecnología proporciona información parcial; nosotros construimos una interpretación.

Sabemos que alguien estuvo conectado. No sabemos por qué no contestó. Sabemos que publicó algo. No conocemos necesariamente sus circunstancias. Sabemos que leyó nuestro mensaje. No sabemos qué sintió, qué estaba haciendo o si podía responder adecuadamente.

Uno de los grandes desafíos culturales de la sociedad digital será aprender a soportar esta ambigüedad relacional sin transformar automáticamente el silencio en rechazo.

Ver la exclusión es diferente de imaginarla

Las redes visuales han añadido otra dimensión. Una cosa es sospechar que nuestros amigos se reunieron sin nosotros. Otra muy distinta es observar las fotografías prácticamente en tiempo real.

Angelini lo explica: «El contenido visual facilita que los adolescentes puedan ver lo que sus amigos están haciendo en un momento determinado» (Angelini, citada por Frontiers, 2025; traducción propia).

Cuando alguien percibe que sus amigos están activos, pasan tiempo con otras personas o publican contenidos mientras ignoran sus mensajes, pueden aparecer sentimientos de exclusión, celos o rechazo.

Las fotografías y los videos no inventaron la exclusión social. La hicieron observable, inmediata y repetible. La fiesta a la que no fuimos antes ocurría una vez. Ahora podemos verla durante horas mediante historias, fotografías, videos y comentarios. La ausencia propia puede convertirse en espectáculo.

FoMO: la vida parece estar ocurriendo en otra parte

Aquí aparece uno de los conceptos que mejor representan nuestra época: Fear of Missing Out «miedo a perderse algo», conocido por sus siglas FoMO.

Andrew Przybylski y sus colaboradores realizaron en 2013 una de las primeras investigaciones sistemáticas sobre este fenómeno y lo definieron como: «Una preocupación persistente de que otras personas puedan estar viviendo experiencias gratificantes de las cuales uno está ausente» (Przybylski et al., 2013; traducción propia).

FoMO contiene algo profundamente humano: el miedo a quedar fuera. La diferencia contemporánea es que poseemos una máquina que puede mostrarnos, las veinticuatro horas del día, todo aquello de lo que estamos quedando fuera.

Mientras trabajamos, alguien está de vacaciones. Mientras estamos en casa, alguien está en una fiesta. Mientras tenemos dificultades económicas, alguien estrena automóvil. Mientras enfrentamos un mal día, otra persona publica el momento más espectacular de su semana.

Przybylski et al. (2013) encontraron que FoMO estaba relacionado con menor satisfacción de necesidades psicológicas, peor estado de ánimo y menor satisfacción con la vida, además de una mayor participación en redes sociales.

Aquí surge otro círculo paradójico. Entramos en las redes para saber qué ocurre y disminuir nuestra sensación de quedar fuera. Pero cuanto más observamos aquello que ocurre sin nosotros, mayor puede ser nuestra necesidad de seguir mirando.

La comparación social convertida en industria

En 1954, mucho antes de Instagram, TikTok o Facebook, Leon Festinger formuló la teoría de la comparación social.

Su intuición era sencilla: las personas necesitamos evaluar nuestras capacidades, decisiones y situación y, muchas veces, utilizamos a los demás como referencia.

Lo hacemos desde siempre. La diferencia es que nunca habíamos tenido tantas personas disponibles para compararnos. Antes nos comparábamos principalmente con familiares, vecinos, compañeros de trabajo o personas de nuestra comunidad. Hoy podemos compararnos diariamente con cientos o miles de personas.

Y hay un problema adicional: aquello que contemplamos está seleccionado. No observamos una muestra completa de la existencia ajena. Vemos aniversarios, ascensos, viajes, restaurantes, premios, bodas, cumpleaños, cuerpos cuidadosamente fotografiados y momentos excepcionales.

Con menor frecuencia contemplamos las tardes aburridas, los fracasos profesionales, los problemas financieros, las discusiones familiares o las inseguridades. Estamos realizando entonces una comparación profundamente desigual: nuestra vida completa contra la vitrina de la vida ajena.

Las investigaciones sobre redes sociales muestran que el uso pasivo —mirar persistentemente lo que otros hacen sin interacción significativa— puede favorecer comparaciones ascendentes y envidia.

Verduyn y sus colaboradores sintetizaron uno de esos mecanismos señalando que determinados usos pasivos provocan: «Comparaciones sociales y envidia» (Verduyn et al., 2017; traducción propia). Esto ayuda a explicar por qué podemos entrar a una plataforma relativamente satisfechos y salir treinta minutos después convencidos de que todos parecen vivir mejor.

Cuando mirar hacia afuera termina cambiando la mirada sobre nosotros mismos

La comparación social ascendente ocurre cuando nos comparamos con alguien a quien percibimos como superior en una dimensión que consideramos importante. No siempre produce consecuencias negativas. El éxito de otra persona puede inspirarnos. Pero también puede hacernos sentir insuficientes cuando interpretamos la distancia entre su situación y la nuestra como evidencia de nuestro propio fracaso.

Verduyn et al. (2015), mediante investigación experimental y longitudinal, encontraron que el uso pasivo de Facebook podía disminuir posteriormente el bienestar afectivo y que la envidia desempeñaba un papel importante en ese proceso.

Esto permite comprender una característica peculiar de las redes sociales. Entramos para mirar hacia afuera. Pero la evaluación termina dirigiéndose hacia adentro. Vemos el viaje del otro y pensamos en nuestras vacaciones. Vemos su ascenso y evaluamos nuestra carrera. Vemos su casa y pensamos en nuestros ingresos. Vemos su cuerpo y reconsideramos el nuestro.

La plataforma aparentemente nos muestra a los demás, pero simultáneamente construye estándares con los cuales juzgamos nuestra propia existencia.

Pero las redes no nos hacen automáticamente infelices

Aquí es imprescindible detenernos. Sería tentador concluir que las redes sociales destruyen nuestro bienestar. La evidencia científica no permite afirmarlo así. Y ésta es probablemente una de las conclusiones más importantes del debate contemporáneo.

Ansari et al. (2024) publicaron un metaanálisis de 51 estudios que reunieron a 680,506 participantes. Los resultados distinguieron algo fundamental: el uso excesivo de redes sociales, medido simplemente como intensidad o cantidad, no presentó una asociación estadísticamente significativa con el bienestar subjetivo ni con el bienestar psicológico.

En cambio, el uso problemático sí mostró correlaciones negativas con ambos indicadores (Ansari et al., 2024). La diferencia es fundamental. No es lo mismo utilizar mucho una herramienta que haber desarrollado una relación problemática con ella.

Una persona puede permanecer varias horas en redes porque trabaja, estudia, administra una organización, mantiene comunicación con familiares distantes o produce contenidos. Otra puede utilizarlas mucho menos tiempo y, sin embargo, sentirse incapaz de desconectarse, experimentar ansiedad cuando no recibe respuestas o utilizar constantemente la vida ajena como estándar para evaluar la propia.

Por eso la pregunta «¿cuántas horas pasas frente a la pantalla?» resulta insuficiente. También necesitamos preguntar: ¿Qué haces allí? ¿Cómo te sientes después? ¿Qué buscas? ¿Puedes dejar de hacerlo cuando quieres? ¿Las redes fortalecen tus vínculos o sustituyen tus vínculos?

Una sociedad de conexiones líquidas

Zygmunt Bauman utilizó el concepto de modernidad líquida para describir sociedades en las que muchas estructuras tradicionalmente estables se vuelven flexibles, cambiantes e inciertas.

En Liquid Love: On the Frailty of Human Bonds, publicado en 2003, analizó particularmente la fragilidad de los vínculos humanos contemporáneos.

Su reflexión no constituye evidencia experimental sobre redes sociales y sería incorrecto presentarla de esa manera. Pero proporciona una poderosa lente sociológica para interpretar nuestra época.

Queremos conexión, pero también libertad. Queremos que los demás estén disponibles, aunque nosotros queramos conservar la posibilidad de desaparecer. Queremos intimidad sin obligación. Queremos pertenecer sin sentirnos atrapados.

La tecnología facilita extraordinariamente el inicio de las conexiones, pero no necesariamente la construcción de vínculos profundos. Podemos agregar un contacto en segundos. Una amistad continúa necesitando tiempo. Podemos acumular miles de seguidores. La confianza sigue construyéndose lentamente. Podemos recibir cientos de reacciones. Ninguna métrica garantiza que alguien estará presente cuando realmente lo necesitemos.

Del contacto al bien relacional

Aquí la sociología ofrece otro concepto especialmente útil: los bienes relacionales.

El concepto fue desarrollado desde diferentes perspectivas por autores como Carole Uhlaner, Benedetto Gui y Pierpaolo Donati. Donati resume una de sus propiedades esenciales: «Sólo pueden disfrutarse cuando son compartidos con otras personas» (Donati, 2019; traducción propia).

La amistad es un ejemplo. También la confianza, la convivencia, la solidaridad, el cuidado y la intimidad. No podemos producirlas unilateralmente. Y no pueden reducirse a mercancías individuales.

Esta diferencia permite entender uno de los grandes equívocos de nuestra cultura digital. Los contactos son cuantificables. Los vínculos, mucho menos. Podemos contar seguidores. No podemos contar fácilmente confianza. Podemos medir visualizaciones. No podemos medir con la misma facilidad intimidad. Podemos conocer cuántos mensajes intercambiamos. Eso no nos dice necesariamente cuánto nos importa una persona.

El problema aparece cuando empezamos a utilizar las métricas de interacción como sustitutos de los bienes relacionales.

El derecho a desaparecer durante algunas horas

En el mundo del trabajo ya existe una discusión formal sobre el derecho a la desconexión.

Eurofound (2021) ha estudiado cómo las tecnologías digitales pueden difuminar las fronteras entre jornada laboral y tiempo personal, especialmente mediante el teletrabajo. La lección sociológica es importante: no basta con apagar técnicamente un dispositivo si permanece intacta una cultura que espera disponibilidad permanente. Esta reflexión puede extenderse —como analogía cultural y no necesariamente como derecho jurídico— hacia nuestras relaciones personales.

Necesitamos construir una cultura social de la desconexión. Estar conectado no debería significar estar obligado a conversar. Leer un mensaje no debería crear automáticamente una deuda inmediata. No responder durante algunas horas no debería considerarse necesariamente falta de afecto. Publicar una fotografía no significa estar disponible emocionalmente. Necesitar silencio no significa rechazar a alguien.

La verdadera desconexión comienza cuando podemos apagar temporalmente la comunicación sin culpa y sin castigar socialmente a quien hace lo mismo.

Volver de la disponibilidad a la presencia

Tal vez aquí se encuentre la distinción más importante. Disponibilidad no significa presencia.

Podemos estar disponibles para veinte conversaciones y verdaderamente presentes en ninguna. Podemos sentarnos frente a una persona mientras contestamos mensajes de otras cinco. Podemos estar siempre conectados y profundamente distraídos. La disponibilidad es técnica. La presencia es humana.

Y ésta podría convertirse en una de las grandes preguntas sociológicas de nuestro tiempo: ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo cuando confundimos estar permanentemente accesibles con estar verdaderamente acompañados?

No necesitamos demonizar el teléfono. Tampoco necesitamos idealizar una época anterior. Las redes sociales han creado comunidades, mantenido familias unidas a distancia, facilitado movimientos ciudadanos, permitido nuevas formas de aprendizaje y multiplicado posibilidades de encuentro.

El desafío consiste en recuperar nuestra autonomía frente a ellas. Poder responder después. Aceptar que alguien más responda después. Vivir experiencias sin convertirlas inmediatamente en contenido. Observar el éxito ajeno sin transformarlo automáticamente en fracaso propio. Reconocer que no participar en todo no significa quedar excluidos de la vida. Y comprender, finalmente, que algunas de las relaciones más importantes no necesitan demostrar permanentemente que existen.

La verdadera libertad digital quizá no consista en poder comunicarnos con cualquier persona a cualquier hora. Consista precisamente en algo mucho más difícil: poder estar desconectados durante un tiempo sin sentir que hemos dejado de existir para los demás.

Te invitamos a ver el video de “Laicos en la Vida Pública” sobre el tema:

Así como la presentación:

Estar conectado es un trabajo de tiempo completo – Google Drive

Referencias

Angelini, F., & Gini, G. (2025). Digital stress and friendship conflict in adolescence: The role of perceived norms and features of social media. Frontiers in Digital Health, 7, 1497222. Frontiers | Digital stress and friendship conflict in adolescence: the role of perceived norms and features of social media

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