El problema de México no es la pluralidad ni la diversidad (política, ideológica, social, étnica, religiosa y/o hasta geográfica); éstas enriquecen la dinámica y la convivencia entre las personas y las comunidades. Quien conoce la pluralidad y la diversidad de las formas de pensar, sentir, realizar, concebir al mundo y a las cosas, quien dialoga con ellas, incluso quien las valora porque algo le aportan, enriquece su propia perspectiva, mira mejor la realidad y tiene mejor actitud para convivir con los demás.
Esa actitud de apertura hacia los demás inicia la conexión social, comunitaria, de reconocimiento de los otros; es un primer elemento de lo que llamamos tejido social. Se trata de un vínculo de reconocimiento, convivencia, identidad, búsqueda conjunta de solución de problemas o de acompañamiento, que genera lazos afectivos, emocionales, simbólicos, de metas y logros comunes. Suele darse en los ámbitos de las familias, las escuelas, el trabajo, el barrio o la ciudad y, desde luego, la política.
En ese sentido, las comunidades se asemejan a un cuerpo u organismo social: hay diversidad de miembros, pero vertebrados, unidos en un solo cuerpo. Ningún órgano en un cuerpo está de más. Así ocurre en el cuerpo social y en el cuerpo político. Mejor dicho, así debería de ocurrir. Los ojos no son más importantes que los pies ni las manos más relevantes que las piernas. San Pablo ilustra esto de una forma bella cuando habla de la comunidad eclesial. El cuerpo es uno y tiene muchos miembros (Cf. 1 Cor 12,12).
Si luego pasamos a consideraciones de índole psicológica, emocional y/o espiritual, el tema se torna más complejo, pero apuntamos a la unidad e integralidad de una persona, en este caso, una persona moral o, mejor dicho, una comunidad moral de personas. Eso sería un país, una nación, una patria. México, entonces, es diverso y plural; pero ese no es el problema. El problema, por el contrario, lo percibimos por todos lados, es la polarización, la división, la confrontación: ver al otro como enemigo.
Hacer esa apología de la polarización, esa defensa de que, en la comunidad, en el cuerpo social y/o político hay, por un lado, amigos y, por el otro lado, enemigos no sólo es no reconocer la diversidad unitaria de dicho organismo, sino rasgarlo, dividirlo, fragmentarlo, atomizarlo. Ese binomio amigo-enemigo, aliado-traidor no hace sino inocular en el organismo social y/o político el virus de la ideología, una ideología que ya no reconoce la realidad ni la verdad de las cosas. Busca eliminar a los semejantes.
Tal dicotomía amigo-enemigo, al que hemos llamado virus de la ideología, se inocula en las familias, entre los amigos, en la escuela, en los espacios laborales, en la sociedad en general y, sobre todo, en la dinámica política. Entonces ocurre algo curioso, en la política, por ejemplo, en vez de buscar la solución conjunta de los problemas comunes, lo que acaece es una fórmula antipolítica: se impone la ley de la selva, la ley del más fuerte; así, termina por fenecer la cosa pública.
En efecto, vale la pena recordar históricamente cómo nació la política, cómo los seres humanos transitaron de la barbarie a la civilización. Es verdad que durante mucho tiempo la ley del más fuerte era la dinámica para resolver los conflictos y problemas. Pero la civilización propiamente nació cuando quien tenía el garrote más grande fue capaz de sentarse con quien no tenía sino la capacidad para convencerlo de sentarse a dialogar para ver cómo podrían resolver los problemas conjuntos.
Por un momento imaginemos cómo dos líderes de grupos distintos, en vez de hacerse la guerra, en vez de agredirse, se convencieron de que era mejor sentarse, dialogar, tratar de convencer a su interlocutor de que lo que proponían era la mejor solución, por ejemplo, para conseguir los alimentos, o para protegerse de las inclemencias del tiempo o de los peligros, en fin, para que sus grupos sobrevivieran. Quizá en esos encuentros encontraron fórmulas para obtener bienes conjuntos y eludir riesgos comunes. El diálogo, el convencimiento, logró el consenso. Nació la política.
En la época actual todo se ha hecho complejo, también la política, pero el principio es el mismo. La civilización, la civilidad, lo cívico se da cuando hay diálogo, se ofrecen razones y se logra el consenso para resolver los problemas y obtener los bienes necesarios. Para todo lo anterior es necesario que se conozca y se reconozca la realidad, la verdad de las cosas, de la situación, de las circunstancias y de las comunidades involucradas. Todo esto se pierde cuando se inocula el virus ideológico.
Claro, no hay que pecar de ingenuidad. En México la polarización está a todo lo que da. El Estado y el mercado parecen conspirar contra la sociedad. Ésta está muy polarizada también. Lo que debería llamarnos la atención es cómo se encuentra para votar el próximo año. Hay 102 millones de electores. Si vota el 52.7%, como en 2021, irán a las urnas 53 millones 700 mil electores; 48 millones 300 mil no lo harán (quizá estén decepcionados de todo). Por el oficialismo podrían votar entre 28 y 30 millones; por la oposición 21 millones (1). Si el INE vuelve a otorgar sobrerrepresentación y el Tribunal federal avala, el escenario actual puede prolongarse y la polarización prevalecer.
Lo relevante es inyectar vitalidad a la sociedad. Si ésta logra articularse, vertebrarse y organizarse puede incidir de forma relevante en lo público, modificando la dinámica del Estado y también del mercado. Para ello tiene que haber una mínima conciencia social, de vínculos afectivos, de convivencia, de metas y logros comunes; es lo básico para regenerar el tejido social, tan lacerado por la violencia, la inseguridad y sus alentadoras: la impunidad y la corrupción actuales. Sobre todo, se trata de superar la polarización que clasifica: amigos y enemigos, y hay que eliminar a éstos, según su tesis. Pero la verdad es que todos cabemos en este país —que es nuestro, de todos— sin violencia, sin inseguridad, reconstruyendo el Estado de justicia y de derecho.
Nota
1. Cf. Alejandro Moreno, Morena aventaja en preferencias hacia elecciones 2027: Encuesta EF, El Financiero, 19/Oct/2026, https://lix.li/KbHc6.
