Por qué una cultura verdaderamente humana debe poner a las personas por encima del dinero, del poder y la tecnología.
Por Carlos Anaya y Alejandro Cravioto Lebrija
La cultura es mucho más de lo que imaginamos
Cuando hablamos de cultura, solemos pensar en museos, libros, música, pintura, monumentos históricos o tradiciones populares. Sin embargo, la cultura es mucho más que eso: es la manera en que vivimos, pensamos, nos relacionamos, transmitimos conocimientos y comprendemos nuestro lugar en el mundo.
Está presente en las palabras que utilizamos, en los valores que enseñamos a nuestros hijos, en las costumbres de nuestras comunidades y hasta en la manera en que tratamos a quienes piensan diferente.
Pero también se manifiesta en nuestras contradicciones. Una sociedad puede admirar extraordinarias obras de arte y, al mismo tiempo, despreciar a sus pueblos originarios. Puede construir universidades de excelencia mientras millones de personas carecen de oportunidades educativas. Puede desarrollar tecnologías sorprendentes y utilizarlas para manipular, discriminar o excluir.
Esto nos conduce a una pregunta fundamental: ¿de qué sirve una cultura extraordinariamente desarrollada si no reconoce la dignidad de todas las personas?
La Doctrina Social de la Iglesia (DSI) ofrece una respuesta clara: el verdadero valor de una cultura no depende solamente de lo que produce, sino también de su capacidad para humanizar la convivencia.
La dignidad no se gana: se reconoce
El Concilio Vaticano II afirmó en Gaudium et spes: «Es propio de la persona humana el no llegar a un nivel verdadera y plenamente humano si no es mediante la cultura» (Concilio Vaticano II, 1965, n. 53).
Esta afirmación contiene una idea profunda: necesitamos la cultura para desarrollar nuestras capacidades, pero nuestra dignidad no depende del nivel cultural que alcancemos.
Una persona que nunca asistió a la escuela posee exactamente la misma dignidad que un científico reconocido internacionalmente. Una comunidad indígena no vale menos que una sociedad industrializada. Un campesino no es menos digno que un empresario exitoso.
La dignidad humana es inherente a cada persona. No depende de sus conocimientos, riqueza, prestigio o pertenencia social.
San Juan Pablo II lo expresó con especial claridad durante su encuentro con los intelectuales y el mundo universitario en Medellín, Colombia, el 5 de julio de 1986, al recordar que «el hombre tiene una dignidad única y merece ser estimado por sí mismo» (Juan Pablo II, 1986, n. 1).
Esta convicción tiene consecuencias prácticas. Si todas las personas poseen la misma dignidad, todas deberían contar con oportunidades reales para educarse, desarrollar sus talentos, expresar su identidad y participar en la vida cultural.
Por tanto, la cultura no debería ser un privilegio de unos cuantos, sino un bien compartido que contribuya al desarrollo de todos.
Nuestra identidad: raíces que nos sostienen, no cadenas que nos atan
Cada persona pertenece a una historia. Tenemos una lengua, una memoria familiar, costumbres y tradiciones que nos ayudan a comprender quiénes somos.
En México, América Latina y el Caribe, esta riqueza es extraordinaria. Nuestra identidad se ha construido mediante el encuentro, no siempre pacífico, de pueblos originarios, tradiciones europeas, raíces africanas y múltiples expresiones contemporáneas.
Sin embargo, valorar nuestras raíces no significa permanecer inmóviles. Juan Pablo II afirmó: «La identidad cultural es un concepto dinámico y crítico» (1986, n. 2).
Con ello nos recuerda que una cultura viva no es una pieza de museo. Es una realidad que conserva su memoria, aprende de otras experiencias y se transforma sin perder necesariamente su identidad.
Por eso, proteger las lenguas indígenas, los conocimientos tradicionales o las manifestaciones populares no significa impedir su evolución. Significa reconocer el derecho de las comunidades a preservar y renovar su patrimonio.
La identidad debe ayudarnos a encontrarnos con los demás, no convertirse en una justificación para rechazarlos.
Una sociedad madura puede sentirse orgullosa de sus tradiciones y, simultáneamente, reconocer el valor de culturas diferentes.

La desigualdad también tiene una dimensión cultural
Solemos relacionar la desigualdad con el ingreso, la vivienda, la alimentación o el empleo. Pero también existe una desigualdad cultural que afecta profundamente las oportunidades de las personas.
Pensemos en dos niños. Uno crece rodeado de libros, dispone de computadora, acceso a Internet, actividades artísticas y escuelas bien equipadas. El otro vive en una comunidad donde la biblioteca más cercana está a varias horas, la conexión digital es deficiente y las oportunidades educativas son limitadas.
Ambos poseen la misma dignidad y pueden tener capacidades semejantes. Sin embargo, sus posibilidades de desarrollarlas son muy diferentes.
La investigación científica confirma que estas diferencias importan. Sirin (2005), mediante un metaanálisis de 74 muestras independientes que reunieron información de más de 101,000 estudiantes, encontró una relación significativa entre las condiciones socioeconómicas y el rendimiento académico.
En México, Hevia, Vergara-Lope, Velásquez-Durán y Calderón (2022) estudiaron las pérdidas de aprendizaje asociadas con la pandemia de COVID-19. Encontraron rezagos importantes en lectura y matemáticas, acompañados de un incremento de desigualdades educativas.
Estos resultados no significan que la pobreza determine inevitablemente el futuro de una persona. Muestran que las condiciones sociales influyen en sus oportunidades de aprendizaje.
La dignidad humana exige reconocer estas desigualdades y actuar para reducirlas. No basta con decir que todos tienen derecho a la educación. Es necesario crear las condiciones para que ese derecho pueda ejercerse.
Participar en la cultura también es un derecho
La cultura no consiste solamente en recibir conocimientos o disfrutar manifestaciones artísticas. También implica tener la posibilidad de crear, expresar, decidir y participar.
La UNESCO estableció en 1966: «Toda cultura tiene una dignidad y un valor que deben ser respetados y protegidos» (UNESCO, 1966, art. I.1). Este reconocimiento adquiere especial importancia para las comunidades históricamente marginadas.
Una investigación de Martínez-Martínez, Reyes-Martínez y Lombe (2021), basada en 247 entrevistas semiestructuradas realizadas en distintas entidades mexicanas, identificó obstáculos económicos, sociales y territoriales que dificultan la participación cultural.
La falta de tiempo, recursos, transporte o espacios adecuados puede impedir que muchas personas participen, aunque tengan interés en hacerlo. Por ello, construir una cultura incluyente requiere algo más que organizar festivales o inaugurar museos.
Necesitamos bibliotecas accesibles, espacios comunitarios, educación artística, apoyo a los creadores y mecanismos para que las comunidades intervengan en las decisiones culturales.
Aquí aparece uno de los principios fundamentales de la DSI: la subsidiariedad. Las instituciones deben apoyar a las comunidades sin sustituir innecesariamente su capacidad de iniciativa.
La ciudadanía no debe ser considerada únicamente como beneficiaria de programas culturales. Debe convertirse en protagonista de su propia vida comunitaria.
Cuando la tecnología avanza más rápido que nuestra conciencia
La revolución digital está transformando la cultura a una velocidad extraordinaria. Hoy podemos acceder desde un teléfono a bibliotecas, museos, cursos y conocimientos que antes estaban reservados para grupos reducidos.
La inteligencia artificial amplía estas posibilidades mediante herramientas de traducción, aprendizaje, investigación y creación. Sin embargo, también plantea nuevos riesgos.
Los algoritmos pueden influir en lo que vemos, leemos y pensamos. Las plataformas pueden privilegiar contenidos que generan mayor atención, aunque no necesariamente favorezcan el conocimiento. Los sistemas automatizados pueden reproducir prejuicios y profundizar desigualdades.
Además, no todas las personas disponen de las mismas habilidades para aprovechar estas tecnologías. La brecha digital ya no consiste solamente en tener o no conexión a Internet. También depende de saber utilizarla de manera crítica, creativa y responsable.
En su audiencia general del 16 de septiembre de 2026, León XIV advirtió sobre el peligro de «delegar en los algoritmos decisiones que corresponden solo a la conciencia humana» (León XIV, 2026, párr. 4).
La advertencia es particularmente relevante. La tecnología puede ayudarnos a procesar información, pero no debería sustituir nuestra responsabilidad moral. Puede generar contenidos, pero no reemplazar el valor de las relaciones humanas. Puede facilitar decisiones, pero no liberarnos de responder por sus consecuencias. Una cultura digital verdaderamente humana no es aquella que utiliza más inteligencia artificial, sino la que consigue ponerla al servicio de las personas.

Cuidar la cultura también significa cuidar nuestra casa común
Existe otra dimensión que frecuentemente olvidamos: la relación entre cultura y naturaleza.
Para muchas comunidades, el territorio no es solamente un espacio físico o una fuente de recursos económicos. Es parte de su identidad, su historia y su manera de comprender la vida.
Por eso, la destrucción ambiental también puede convertirse en destrucción cultural.
Francisco lo expresó en Laudato si’: «La desaparición de una cultura puede ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal» (Francisco, 2015, n. 145).
Esta afirmación nos invita a comprender que el desarrollo no puede medirse exclusivamente por inversiones, infraestructura o crecimiento económico.
Una obra puede generar riqueza y, simultáneamente, destruir formas de convivencia, tradiciones o vínculos comunitarios.
La ecología integral exige considerar estas consecuencias y reconocer a las comunidades como participantes indispensables en las decisiones que afectan sus territorios. Cuidar el patrimonio cultural y cuidar la naturaleza son responsabilidades complementarias hacia las generaciones presentes y futuras.
De la cultura del consumo a la cultura de la dignidad
Uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo consiste en evitar que el valor de las personas y de sus expresiones culturales se mida exclusivamente por su rentabilidad económica.
No todo lo valioso es comercialmente rentable. Una lengua originaria puede tener pocos hablantes y representar un patrimonio humano extraordinario.
Una biblioteca comunitaria puede generar pocos ingresos, pero transformar las oportunidades de cientos de niños.
Una tradición familiar puede carecer de valor de mercado y ser fundamental para la identidad de una comunidad.
El progreso cultural necesita recursos económicos, pero no puede reducirse a la lógica del consumo.
La DSI propone orientar las actividades humanas hacia el bien común, entendido como las condiciones sociales que permiten a las personas y comunidades desarrollarse integralmente. Esto exige combinar libertad, solidaridad, justicia, participación y responsabilidad.
En su audiencia del 28 de octubre de 2026, dedicada precisamente a la relación entre fe y cultura, León XIV recordó que «La fe puede encarnarse en cualquier cultura» (León XIV, 2026b, párr. 8).
La enseñanza tiene una consecuencia importante: el cristianismo no exige uniformidad cultural. Su vocación universal invita a reconocer lo verdadero, bueno y bello que existe en los distintos pueblos.
Por ello, la aportación de los cristianos a la vida pública no debería consistir en imponer una única expresión cultural, sino en contribuir a que las relaciones sociales reflejen cada vez mejor la dignidad humana.
La cultura que necesitamos construir
Si queremos una sociedad verdaderamente humana, debemos preguntarnos qué valores estamos transmitiendo mediante nuestras prácticas cotidianas.
¿Qué cultura construimos cuando humillamos a quien piensa diferente?
¿Qué enseñamos cuando toleramos la discriminación?
¿Qué mensaje transmitimos cuando consideramos que una persona vale por lo que posee?
¿Y qué sociedad estamos formando cuando la indiferencia frente al sufrimiento ajeno se convierte en costumbre?
La cultura de la dignidad comienza precisamente en estas decisiones.
Se construye cuando una escuela reconoce el potencial de cada estudiante; cuando una comunidad protege su patrimonio; cuando una empresa respeta a sus trabajadores; cuando una institución escucha a los ciudadanos; y cuando utilizamos la tecnología sin olvidar nuestra responsabilidad humana.
También se construye cuando comprendemos que el adversario no es un enemigo, que la crítica no necesita convertirse en humillación y que el desacuerdo no justifica la exclusión.
La cultura ciudadana es, en última instancia, la expresión cotidiana de los valores que afirmamos defender.
Conclusión: una cultura a la altura de nuestra dignidad
La grandeza cultural de una sociedad no debería medirse solamente por sus universidades, monumentos, obras artísticas o avances tecnológicos. También debe medirse por la manera en que trata a sus personas más vulnerables, reconoce sus diferencias y ofrece oportunidades para desarrollar sus capacidades.
Una sociedad puede ser extraordinariamente avanzada en conocimientos y profundamente atrasada en humanidad. Por eso, la cultura que necesitamos no es solamente más innovadora, productiva o sofisticada. Necesitamos una cultura más justa, incluyente, solidaria y responsable.
Una cultura que reconozca nuestras raíces sin encerrarnos en ellas; que amplíe las oportunidades educativas; que permita participar a quienes históricamente han sido excluidos; que utilice la tecnología con sentido ético; y que proteja el patrimonio recibido para transmitirlo enriquecido a las futuras generaciones.
Porque la dignidad no se concede desde el poder, no se compra en el mercado ni se obtiene mediante un título académico.
La dignidad se reconoce, se respeta y se protege.
Humanizar la cultura significa colocar a la persona en el centro. Dignificar la convivencia significa convertir ese principio en una realidad cotidiana.
Y esa responsabilidad nos corresponde a todos.

Referencias
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