CONFINES POLÍTICOS

Un viaje más allá de las fronteras

La Cristiada, esa guerra desconocida – Juan de Dios Andrade

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 CONfines Políticos

4 de junio de 2026

Correspondencia: confinespoliticos@gmail.com

La Guerra Cristera ha resultado polémica desde el principio. No podía ser de otro modo, tratándose de una confrontación armada ante una persecución religiosa que fue la prolongación del conflicto entre la Iglesia y el Estado iniciado desde el siglo XIX. El problema con un acontecimiento de esa naturaleza es que, en cierta medida, todos tengan la razón y todos estén equivocados al mismo tiempo. La polémica y la pasión son dos caras de una misma moneda y, aunque pudieran estar justificadas, las interpretaciones que de ahí emanen deben ser sopesadas y ajustadas de tanto en tanto. De lo contario, el desencuentro con la verdad se hará más grande…

Hay dos maneras de revisar la Historia. Una es la ideológica y, otra, la académica…

La ideológica reinterpreta el pasado para que encaje con una ideología, al punto de diseñar un discurso donde se mienta cínicamente porque la verdad ha dejado de importarle a la opinión pública. Es la posverdad. Aquí, el pasado distorsionado se convierte en un instrumento político o de propaganda para legitimar el pasado o el presente. Como cuando se afirma que la Cristiada fue provocada por el clero para conservar privilegios…

Otra forma ideológica es el negacionismo. Se revisa para negar algo o algunos aspectos de un hecho (Holocausto, genocidios). Por ejemplo, cuando se presenta a los cristeros como intransigentes que optaron por la vía armada, eclipsando los abusos y crímenes de la élite revolucionaria. Funciona como un blanqueador del movimiento revolucionario…

También está el presentismo, que consiste en revisar la Historia a la luz de las situaciones y condiciones actuales, sin considerar las que estaban vigentes en su momento. Por ejemplo, juzgar la Cristiada por su adhesión al Syllabus sin considerar que todavía no se efectuaba el Concilio Vaticano II…

La corona del martirio

Una revisión académica solo se justifica por motivos científicos. La aparición de nuevos documentos que arrojen luz sobre aspectos complejos o mal evaluados puede ser suficiente para proceder, pero también cuando la distancia temporal permite mirar más allá de los apasionamientos que pueden distorsionar el sentido de lo ocurrido. Hay nuevos documentos, pero también malas interpretaciones y enconos generados al calor del combate espiritual y armado…

No hay duda de que el levantamiento armado fue una de las consecuencias de lo ocurrido en el siglo XIX, pero eso puede crearnos un ‘punto ciego’ sobre las posturas eclesiásticas asumidas ante él. No fue una simple disyuntiva a favor o en contra por parte de los obispos, que implica un reproche hacia los que no lo apoyaron…

La Iglesia no podía apoyarlo porque el camino por excelencia quedó señalado por su propio Fundador: el martirio pacífico, manso y humilde de corazón. Pero tampoco podía condenarlo: el tomismo contempla la guerra justa, que es eminentemente defensiva. El propio Pío XI se lo dijo a monseñor Leopoldo Ruiz y Flores:

Si se descalifica al Episcopado porque en su mayoría no respaldó la guerra, también tienen que hacerlo con el Papa. Esto es crucial: ante una persecución religiosa, el católico debe estar dispuesto al martirio y solo en determinadas circunstancias cabe la guerra justa. Por ende, había tres vías: martirio, guerra justa y la diplomacia. Esto neutralizaba toda visión maniquea sobre la Cristiada, la cual, sin embargo, terminó prevaleciendo. ¿Cómo pudo pasar algo así? Para aclararlo, hay que prestar atención a la mecánica de los hechos…

Un error de apreciación

La mayoría del Episcopado no apoyaba recurrir a las armas y se decantaba por la negociación diplomática, esperando que las leyes persecutoras no se aplicaran o, al menos, no tan drásticamente. Un pequeño núcleo pensaba que lo anterior era una ilusión optando por apoyar el levantamiento armado, mientras otra vertiente quedó a la espera de la actitud que se asumiera en Roma para plegarse a ella…

¿Eran unos ilusos los partidarios de la diplomacia? Es difícil precisarlo porque se trata del “si hubiera” que nunca existió. Los obispos negociadores se identificaban con la línea del Colegio Pío Latino. ¿Cómo fue que esa mayoría resultó desbordada por un polo menor? La respuesta está en la impresionante capacidad de movilización de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa y en un error de apreciación…

Desde sus orígenes, la LNDLR demostró mucho empuje. Esto fue lo que hizo pensar a algunos obispos que la suspensión de cultos podría funcionar como mecanismo para lograr un acuerdo con el gobierno de Calles. De hecho, la suspensión logró su cometido en Michoacán, reanudándose el culto el 15 de mayo de 1926. Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores estuvo a cargo del asunto, lo que explica su actitud, así como la del obispo Pascual Díaz y Barreto…

Monseñor Tito Crespi quedó defendiendo la posición casi en solitario. El 2 de julio se publicó la Ley Calles y, el 11 de julio, el Episcopado optó por suspender el culto. Algunos seguían temiendo que terminara por empujar a los católicos a la guerra, pero la idea de que quizás llevara a Calles a sentarse a negociar era muy atractiva…

La Ley Calles hizo que la Liga sopesara seriamente la vía de las armas y la suspensión terminó abonando el terreno bélico…

El héroe cristiano y el peligro milenarista

¿Héroes o santos? Ese era el verdadero dilema, quedando momentáneamente la diplomacia en compás de espera. Queda claro que lo anterior implicaba la esperanza de algunos de recurrir a la suspensión como instrumento de presión para lograr un acuerdo y la convicción de otros de haber llegado a un punto de no retorno que solo podría resolverse mediante las armas. Aunque sirve para entender lo que ocurrió, el caso no debe reducirse a una mayoría que no quería la guerra y una minoría que terminó por imponer las armas. Lo que hay que dilucidar es si los segundos tenían argumentos sólidos para declarar una guerra justa…

El martirio santifica. La guerra justa puede ser heroica. Una negociación salvaguarda lo esencial de la fe y la recepción de la gracia santificante…

Es lo que responde N. S. Jesucristo a Pilato. Nótese que no condena la vía armada, pero tampoco la respalda. De otro modo, habría encabezado a los zelotes y no a sus doce apóstoles. Por el contrario, entregó su vida pacíficamente. Esta fue la directriz que iluminó la decisión de Pío XI que vimos más arriba. ¿Qué hizo el Episcopado en su mayoría? Lo mismo. Se estaban circunscribiendo a lo asentado por San Juan…

El pasaje evangélico nos advierte del peligro, aún cuando sea una guerra justa: “(…) si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían”. Este es el riesgo latente del camino de las armas: el milenarismo que pugna por un reino temporal. Era parte del escenario contemplado por Pío XI y por parte del Episcopado…

¿Quién tenía la razón?

Eran tres opciones válidas y no proceden los reproches contra los que estaban en desacuerdo con levantarse en armas. A su vez, la ruta del martirio será asumida por los hoy santos y beatos de la persecución religiosa de aquellos años, en la cual se inserta el movimiento cristero. Es importante saber que, cuando tomas las armas te conviertes en combatiente, no en futuro mártir en ese terreno. Revisen la forma en que murieron los que lograron su altar. Esto no significa que alguien muerto en combate esté descalificado para ser santo, sino que lo sería por otros motivos…

Lo que sí hubo fue cierta confusión en algunos cristeros sobre el martirio. Toda situación en la que puedes morir o matar a tu adversario, no se equipara a martirio. En todo caso, podría ser síntoma de milenarismo…

Es cierto que hubo jesuitas comprometidos con la opción armada o con la suspensión de cultos, pero la Compañía no tuvo una posición homogénea. Culparlos sin precisar si había razones para una guerra justa o si estaban contagiados de milenarismo, es dar crédito a una forma particular de teoría de la conspiración…

Obregón era un pragmático convenenciero en el cual no se podía confiar. Calles era un fanático de la ideología laicista y del espiritismo, radicalmente anticristiano y no solo anticlerical. Solo factores adversos, más allá de su control, los habría podido forzar a una negociación, como así fue en el caso del segundo…

El martirio es un camino seguro para la santidad. Pero, de no haber estallado la guerra, quizás nunca habría sido viable un acuerdo. Acuerdos o triunfos en el campo de batalla, son solo resultados temporales que son traspasados y desbordados en la visión escatológica de la Salvación…

Aquí, tampoco caben las descalificaciones hacia los que tomaron las armas…

Una negociación accidentada

Viendo la cantidad de santos y beatos de la persecución religiosa de aquellos años (más los que están en proceso), no tengo duda al decir que la Iglesia salió ganando. Su triunfo está exclusivamente en función de la santidad. ¿Por qué se posicionó la idea de un fracaso y de una traición por parte de los obispos que acordaron con Emilio Portes Gil? En primer lugar, en 1929 no se estaban negociando el fin de la Guerra Cristera, sino la reanudación del culto y el regreso de los obispos. Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz Barreto introducen al improviso el tema de la amnistía a los cristeros y la devolución de los bienes eclesiásticos, a instancias de P. Edmund A. Wals, S. J. y Miguel Cruchaga, diplomático chileno. Ruiz y Flores es el que le pide al embajador Morrow que solicite una reunión adicional a Portes Gil. Si durante los encuentros anteriores no se consultó a los cristeros ni a los ligueros, fue precisamente por eso…

Lo anterior no exime a los involucrados de la responsabilidad de haber actuado de manera atropellada y peligrosamente ingenua, empezando por los dos obispos…

Desde 1928, el asesinato de Álvaro Obregón produjo varios efectos, entre ellos: se culpó a los católicos, se fortaleció Plutarco Elías Calles y se confirmó el cambio de actitud de Pío XI. Era el momento de reencauzar la participación de los seglares (la Acción Católica tendrá preferencia a partir de los Arreglos, a donde se integrará la ACJM). De paso, se procedió a eliminar el secretismo como vía de apostolado y la Unión del Espíritu Santo llegó a su fin. Luego de la muerte de Obregón y aunque hay indicios de más tiradores, los obispos no deseaban a nadie operando por fuera de su autoridad pastoral…

La batalla por la narrativa

Enfrente, se echó a andar la maquinaria de la masonería castrense para asegurar la versión de que la Cristiada fue producto del clero, mismo que fue vencido y obligado a aceptar el marco legal revolucionario, así como dar por hecho una traición en la mesa de negociaciones. El hombre clave fue el propio secretario de Guerra y Marina, general Joaquín Amaro. A partir de 1929 y hasta bien entrado el gobierno de Lázaro Cárdenas, la propaganda oficial fue en esa dirección…

Ya vimos que el triunfo de la Iglesia es la santidad que proviene de asemejarse a su Fundador. Asimismo, la actuación irresponsable no implica necesariamente traición y sopesar la Cristiada por el resultado bélico apunta a una raíz milenarista.  Al margen de que algunas corrientes cristeras y jesuitas tenían referencias milenaristas, era la versión que la masonería quería posicionar…

Lo más triste es que buena parte de los intelectuales y autores católicos ‘mordieron el anzuelo’, sirviendo a los fines masónicos sin saberlo. Los señalamientos dividían y debilitaban a la Iglesia. El objetivo de la élite en el poder era erosionar la legitimidad y credibilidad del Episcopado, alentando la desconfianza de la grey hacia los obispos. Aunado a los deseos de mantener cierta estabilidad en las relaciones con el gobierno, el silencio de la Iglesia sobre el tema jugó a favor de la narrativa masónica…

Joaquín Amaro murió en 1952 y, pese a su desafortunada incursión en la política, su estrategia de propaganda terminó empatando con algunos aspectos de la Guerra Fría, especialmente en la lucha contra el Comunismo. Aunque Cárdenas simpatizaba con las ideas socialistas, descartó la posibilidad de que Francisco J. Mújica fuera su sucesor, decantándose por Manuel Ávila Camacho que se fue alejando de las ideas de izquierdas. Con mayor razón los presidentes que le sucedieron…

Salvador Borrego y Joaquín Amaro

No fue el único, pero es interesante observar el caso de Salvador Borrego, que publica su libro América Peligra en octubre de 1964, poco más de un mes antes de que Gustavo Díaz Ordaz asuma la Presidencia. Su mandato empezó condenando el intervencionismo estadounidense en la República Dominicana (1965-1966), justo cuando se preparaba todo para los Juegos Olímpicos de 1968 y el Mundial de Fútbol de 1970 (¿les suena familiar?). Poco antes, empezó el movimiento estudiantil de 1968, que terminó en la masacre de Tlatelolco. En este contexto, Luis Echeverría Álvarez y Fernándo Gutiérrez Barrios convencieron a Díaz Ordaz de un complot del comunismo internacional para darle un golpe de Estado…

Campeaban el espíritu antinorteamericano y anticomunista. La obra de Borrego encajó a la perfección: culpaba a Estados Unidos y al Comunismo de las desgracias de México. Las ediciones de América Peligra tuvieron mucho éxito. ¿Quiénes eran los principales consumidores de sus ejemplares? Las Fuerzas Armadas.  Así se mantuvo hasta la caída del bloque comunista. Fue lógico: a partir de 1992 se siguió vendiendo, pero con un tiraje mucho menor…

Por increíble que parezca, Salvador Borrego terminó convergiendo con el proyecto de Joaquín Amaro…

Washington toleraba todas las diatribas y discursos antiestadounidense, así como las teorías de la conspiración, siempre y cuando México se alineara contra el Comunismo internacional…

En 2015, a propósito del Sexagésimo Aniversario Luctuoso del general Joaquín Amaro, se le hizo un homenaje presidido por el general Salvador Cienfuegos. Se destacó precisamente la fundación de las escuelas Superior de Guerra, Militar de Aviación y Militar de Intendencia, origen del Estado Mayor. En todas, uno de los referentes intelectuales era el libro de Borrego…

Ya es hora de romper con la narrativa difundida desde el poder revolucionario y adentrarnos en la verdadera Cristiada, esa guerra desconocida…

Hasta entonces…

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