Tenemos tecnología de sobra, pero todavía nos falta justicia
Vivimos en una época extraordinaria. La inteligencia artificial puede analizar millones de datos en segundos, los satélites permiten observar las condiciones de los cultivos desde el espacio y los científicos desarrollan nuevas formas de producir alimentos con menos recursos.
Sin embargo, mientras celebramos estos avances, millones de personas siguen sin saber si mañana tendrán algo que comer. ¿Cómo explicar semejante contradicción?
El papa León XIV puso el dedo en la llaga en su mensaje para la Jornada Mundial de la Alimentación 2026: «Este no es un problema técnico ni económico, sino una profunda crisis antropológica y ética» (León XIV, 2026, n. 1).
La afirmación invita a mirar más allá de las cosechas, los precios y las estadísticas. El problema no consiste únicamente en cuánto podemos producir, sino en cómo organizamos nuestras sociedades y qué lugar concedemos a la dignidad humana.
Porque una cosa es tener la capacidad de alimentar al mundo y otra muy distinta es conseguir que todos puedan acceder a los alimentos.
Las cifras que deberían incomodarnos
El informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2026, elaborado por cinco organismos de las Naciones Unidas, ofrece noticias alentadoras y preocupantes al mismo tiempo.
En 2025, aproximadamente 645 millones de personas padecieron hambre, equivalentes al 7.8 % de la población mundial. Fueron casi 14 millones menos que el año anterior.
Además, alrededor de 2,100 millones de personas experimentaron inseguridad alimentaria moderada o grave. Es decir, tuvieron dificultades para acceder de manera regular a alimentos suficientes y adecuados (FAO et al., 2026).
El hambre está disminuyendo, pero sigue afectando a una cantidad de personas difícil de imaginar.
Y existe otra realidad igualmente preocupante: cerca de un tercio de la población mundial no puede costear una dieta saludable.
Esto significa que el problema no se limita a quienes carecen completamente de alimentos. También afecta a familias que comen todos los días, pero cuyos ingresos no alcanzan para adquirir los productos necesarios para mantener una alimentación equilibrada.
El director general de la FAO, Qu Dongyu, resumió el desafío durante la presentación del informe: «La edición de este año del informe SOFI transmite un mensaje de progreso, responsabilidad y urgencia» (FAO, 2026, párr. 4).
La palabra urgencia es particularmente importante. No podemos conformarnos con celebrar pequeñas mejoras mientras cientos de millones de personas continúan privadas de una necesidad tan elemental.
El alimento no puede ser un privilegio
La comida es un producto económico, ciertamente. Producirla requiere trabajo, inversión, transporte, almacenamiento y conocimientos. Pero también es algo mucho más importante: una condición indispensable para vivir.
León XIV lo expresa con claridad: «El acceso regular a una alimentación inocua, adecuada, suficiente y acorde con la dignidad de cada persona es un derecho humano fundamental» (León XIV, 2026, n. 3).
Esta idea cambia la manera de entender el hambre. No basta con pensar que alimentar a quienes carecen de recursos es una buena acción de personas generosas. También debemos reconocer que existen responsabilidades de justicia que comprometen a los gobiernos, las empresas y la sociedad.
La Doctrina Social de la Iglesia insiste en que los bienes de la creación tienen un destino universal. Esto no significa negar la propiedad privada ni la actividad empresarial, sino reconocer que la economía debe contribuir al bienestar de todos.
Un mercado puede ser eficiente y, sin embargo, dejar fuera a millones de personas.
Una cosecha puede ser abundante y, aun así, resultar inaccesible para las familias que no tienen ingresos suficientes.
Por eso, el éxito de un sistema alimentario no debería medirse solamente por las toneladas producidas o las utilidades obtenidas, sino también por su capacidad para garantizar que nadie quede excluido.

Inteligencia artificial: una oportunidad que debemos gobernar
La inteligencia artificial puede convertirse en una poderosa aliada de la agricultura. Puede ayudar a identificar enfermedades en los cultivos, anticipar condiciones climáticas, mejorar procesos de fabricación y desarrollar alimentos más sostenibles.
Una revisión científica publicada por Datta et al. (2026) en Nature Food examina precisamente estas oportunidades, especialmente en el diseño de ingredientes, los procesos de fermentación y la innovación alimentaria.
Pero debemos evitar una conclusión apresurada: que una tecnología pueda mejorar la producción no significa que automáticamente vaya a reducir el hambre.
Imaginemos a un pequeño agricultor que no tiene conexión estable a internet, acceso a financiamiento ni recursos para adquirir equipos digitales. ¿De qué le sirve una plataforma extraordinaria si no puede utilizarla? La tecnología puede cerrar brechas, pero también puede ampliarlas.
Un comentario académico publicado por Fairbairn et al. (2025) lleva un título especialmente provocador: «La agricultura digital perpetuará la injusticia a menos que sea impulsada desde las bases comunitarias» (traducción propia).
La advertencia es importante: los agricultores no deben convertirse en simples usuarios de soluciones diseñadas lejos de sus necesidades. Necesitan participar en las decisiones, aportar sus conocimientos y conservar su capacidad para decidir cómo trabajan la tierra.
La innovación más valiosa no siempre será la más sofisticada, sino aquella que resuelva problemas reales y pueda utilizarse de manera justa.
La sabiduría del agricultor también cuenta
Durante siglos, las comunidades agrícolas han aprendido a reconocer los ciclos de las lluvias, las características de los suelos y las formas de conservar semillas. Muchos de esos conocimientos son resultado de una observación paciente y de experiencias transmitidas entre generaciones.
La ciencia moderna puede complementarlos, no necesariamente reemplazarlos.
León XIV lo expresa así: «No se trata de rechazar el progreso tecnológico, sino de integrarlo con el saber del agricultor» (León XIV, 2026, n. 4).
La propuesta tiene una aplicación práctica. Un sistema digital puede proporcionar información sobre humedad, temperatura o posibles enfermedades. Pero el agricultor conoce las particularidades de su parcela, la historia de sus cultivos y las condiciones sociales de su comunidad.
Cuando ambos conocimientos dialogan, las soluciones pueden resultar más útiles y sostenibles.
Este enfoque coincide con el principio de subsidiariedad de la Doctrina Social de la Iglesia: las personas y comunidades deben participar en las decisiones que afectan directamente su vida.
Innovar no debería significar quitarles protagonismo, sino ampliar sus capacidades.
No podemos alimentar al presente destruyendo el futuro
La seguridad alimentaria también depende de la salud de nuestro planeta.
Sin suelos fértiles, agua disponible y ecosistemas funcionales, ninguna tecnología podrá garantizar indefinidamente una producción sostenible.
El cambio climático ya está afectando los sistemas alimentarios. El Sexto Informe de Evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático documenta sus efectos sobre la producción, el acceso a los alimentos y la nutrición (Bezner Kerr et al., 2022).
Por su parte, Poore y Nemecek (2018), en una investigación publicada en Science, demostraron que los impactos ambientales de la producción alimentaria pueden variar considerablemente entre productores y sistemas.
Esto significa que no basta con producir más: importa cómo producimos.
El papa Francisco expresó esta interdependencia en Laudato si’: «No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental» (Francisco, 2015, n. 139).
La frase resume un desafío fundamental. La pobreza y el deterioro ambiental no pueden tratarse como problemas completamente independientes. Cuando se agotan los suelos, disminuye el agua disponible o se destruyen los medios de subsistencia, las consecuencias suelen afectar con mayor intensidad a quienes tienen menos recursos.
La agricultura sostenible no es un lujo reservado para países ricos. Es una necesidad para proteger la alimentación de las próximas generaciones.
¿Y si cambiáramos nuestras prioridades?
Hay otro contraste que merece nuestra atención. Según Liang et al. (2026), en un informe del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), el gasto militar mundial alcanzó aproximadamente 2.887 billones de dólares estadounidenses en 2025.
La cifra no significa que todo ese dinero pudiera trasladarse automáticamente a programas alimentarios. Los países enfrentan necesidades legítimas de seguridad y defensa.
Sin embargo, sí plantea una pregunta inevitable: ¿estamos destinando suficientes recursos a proteger las condiciones que hacen posible la vida?
León XIV propone: «Los recursos invertidos en la industria de la guerra deberían desviarse, por un imperativo ético impostergable, hacia la investigación agrícola sostenible y la regeneración de los suelos degradados» (León XIV, 2026, n. 5).
La reflexión nos recuerda que la seguridad de una sociedad no depende solamente de sus armas. También depende de que sus habitantes tengan alimentos, agua, oportunidades y condiciones dignas para desarrollarse. La paz necesita justicia. Y la justicia necesita traducirse en decisiones concretas.
Del discurso a la acción
¿Qué podemos hacer frente a un problema tan grande? La respuesta no consiste en esperar una solución milagrosa ni en depositar toda nuestra confianza en la próxima innovación tecnológica. Necesitamos actuar en distintos niveles.
Los gobiernos deben fortalecer la infraestructura rural, promover la seguridad alimentaria y garantizar políticas que permitan acceder a dietas saludables.
Las empresas pueden desarrollar tecnologías accesibles, evitar prácticas abusivas y adoptar procesos productivos responsables.
Las universidades deben orientar parte de su investigación hacia problemas concretos de las comunidades.
Los agricultores y sus organizaciones necesitan participar en las decisiones sobre innovación, financiamiento y comercialización.
Y la ciudadanía puede contribuir mediante el consumo responsable, la reducción del desperdicio, los bancos de alimentos, las cooperativas y las redes de solidaridad.
Estas acciones no sustituyen las responsabilidades del Estado, pero pueden fortalecer la capacidad colectiva para transformar la realidad.
La Doctrina Social de la Iglesia ofrece principios útiles para orientar ese esfuerzo: dignidad humana, bien común, solidaridad, subsidiariedad, destino universal de los bienes y cuidado de la creación. Convertirlos en políticas, proyectos e indicadores verificables constituye una responsabilidad de gobiernos y ciudadanos.

El verdadero significado del progreso
El desafío de nuestro tiempo no consiste únicamente en inventar máquinas más inteligentes. Consiste en construir sociedades capaces de utilizar su inteligencia para garantizar condiciones de vida dignas.
Una tecnología que aumenta la productividad, pero excluye a los pequeños productores, necesita reconsiderar sus condiciones de aplicación.
Una economía que produce riqueza, pero deja a millones de personas sin alimentos suficientes, necesita corregir sus mecanismos de distribución.
Y una sociedad que invierte extraordinarios recursos en prepararse para la guerra, mientras descuida la alimentación y el medio ambiente, necesita revisar sus prioridades.
León XIV nos recuerda: «El mañana no es un espacio de tiempo abstracto que nos aguarda pasivamente, sino la cosecha de lo que sembramos hoy con nuestras decisiones» (León XIV, 2026, n. 5).
Quizá esa sea la mejor manera de comprender el problema. El futuro alimentario de la humanidad no depende exclusivamente de lo que seamos capaces de inventar, sino de lo que decidamos hacer con nuestros conocimientos y recursos.
El verdadero progreso no llegará cuando las máquinas puedan producir alimentos de manera casi perfecta, sino cuando nuestra organización social consiga que ninguna persona tenga que acostarse con hambre.
Porque alimentar al mundo no es solamente una cuestión de tecnología. Es, sobre todo, una cuestión de dignidad, justicia y humanidad.
Te invitamos a ver el video sobre el tema:
Así como la presentación:
El hambre en la era de la Inteligencia Artificial – Google Drive

Referencias
Benedicto XVI. (2009, 29 de junio). Caritas in veritate [Carta encíclica]. Santa Sede. Caritas in veritate (29 de junio de 2009)
Bezner Kerr, R., Hasegawa, T., Lasco, R., Bhatt, I., Deryng, D., Farrell, A., Gurney-Smith, H., Ju, H., Lluch-Cota, S., Meza, F., Nelson, G., Neufeldt, H., & Thornton, P. (2022). Food, fibre, and other ecosystem products. En H.-O. Pörtner, D. C. Roberts, M. Tignor, E. S. Poloczanska, K. Mintenbeck, A. Alegría, M. Craig, S. Langsdorf, S. Löschke, V. Möller, A. Okem, & B. Rama (Eds.), Climate change 2022: Impacts, adaptation and vulnerability (pp. 713–906). Cambridge University Press. Alimentos, fibra y otros productos ecosistémicos (Capítulo 5) – Cambio Climático 2022 – Impactos, adaptación y vulnerabilidad
Datta, B., Buehler, M. J., Chow, Y., Gligorić, K., Jurafsky, D., Kaplan, D. L., Ledesma-Amaro, R., Del Missier, G., Neidhardt, L., Pichara, K., Sanchez-Lengeling, B., Schlangen, M., St. Pierre, S. R., Tagkopoulos, I., Thomas, A., Watson, N., & Kuhl, E. (2026). Artificial intelligence for food innovation. Nature Food, 7, 644–654. Inteligencia artificial para la innovación alimentaria | Comida natural
Fairbairn, M., Faxon, H. O., Montenegro de Wit, M., Bronson, K., Kish, Z., Ruder, S.-L., Ezirigwe, J., Abdella, S., Oguamanam, C., & Schnurr, M. A. (2025). Digital agriculture will perpetuate injustice unless led from the grassroots. Nature Food, 6, 312–315. La agricultura digital perpetuará la injusticia a menos que se lidere desde la base | Comida natural
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