Paz, Cuidado de la Creación y Conversión del Corazón
La antigua profecía de Isaías —«Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas» (Is 2,4)— parece escrita para nuestro tiempo. Vivimos en una época capaz de producir alimentos para millones, desarrollar tecnologías extraordinarias, curar enfermedades antes incurables y conectar continentes en segundos. Pero también somos capaces de destruir ciudades, contaminar ecosistemas durante generaciones y convertir el miedo, la polarización o el resentimiento en instrumentos de poder.
Por eso resulta especialmente significativo que León XIV haya elegido la imagen de Isaías 2,4 como eje de su Mensaje para la XI Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, que se celebra el 1 de septiembre de 2026. El Papa propone contemplar conjuntamente el sufrimiento humano y la alteración del equilibrio de la creación, porque ambos fenómenos están profundamente relacionados y reclaman sanación y paz (León XIV, 2026).
La metáfora de las espadas convertidas en arados no habla solamente de desarme militar. Habla de algo mucho más profundo: transformar aquello que destruye la vida en aquello que puede cultivarla.
Esta idea permite recorrer una de las líneas más fecundas de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI): desde Pacem in terris, pasando por Gaudium et spes y Populorum progressio, hasta Caritas in veritate, Laudato si’, Fratelli tutti y el mensaje de León XIV.
Todas estas fuentes convergen en una convicción: paz, justicia, desarrollo humano integral, fraternidad y cuidado de la creación son dimensiones inseparables de una misma responsabilidad moral.
La paz no consiste solamente en que callen las armas
Durante demasiado tiempo hemos identificado la paz con la ausencia de enfrentamiento armado. Si no se escuchan disparos, suponemos que existe paz.
La Doctrina Social de la Iglesia propone una concepción mucho más exigente.
El Concilio Vaticano II afirma que «la paz no es la mera ausencia de la guerra» (Concilio Vaticano II, 1965, n. 78). La paz tampoco puede reducirse al equilibrio de fuerzas adversarias. El Concilio la presenta como «obra de la justicia» y explica que exige un orden humano fundado en la dignidad de las personas y orientado hacia el bien común (Concilio Vaticano II, 1965, n. 78).
Esto cambia radicalmente la perspectiva. Puede no haber guerra y, sin embargo, existir hambre. Puede no haber guerra y existir corrupción. Puede no haber guerra y millones de personas carecer de agua, educación, vivienda o trabajo digno. Puede no haber guerra y una sociedad estar profundamente fragmentada por violencia, desigualdad o polarización.
San Juan XXIII ya había planteado esta visión integral en Pacem in terris. La paz verdadera requiere un orden sustentado en la verdad, la justicia, la caridad y la libertad (Juan XXIII, 1963, n. 167).
La pregunta cristiana, entonces, no puede limitarse a: ¿hay guerra? Debe preguntarse también: ¿hay justicia?, ¿hay dignidad?, ¿hay libertad?, ¿hay oportunidades reales para que todas las personas puedan desarrollarse?
La paz comienza cuando dejamos de entenderla únicamente como silencio y empezamos a comprenderla como una forma justa de convivencia.
La guerra también destruye la creación
Uno de los aspectos más relevantes del mensaje de León XIV es la conexión explícita entre guerra y deterioro ambiental. El Papa advierte que la guerra deja destrucción social y ecológica que puede prolongarse durante generaciones (León XIV, 2026).
Basta observar cualquier guerra contemporánea para entenderlo. Los ataques destruyen sistemas de abastecimiento de agua. Los incendios devastan bosques. Los explosivos contaminan suelos. Las tierras agrícolas quedan abandonadas. Las comunidades son desplazadas. La infraestructura sanitaria desaparece. La seguridad alimentaria se deteriora.
La guerra no termina cuando cesan los disparos. Sus consecuencias permanecen durante años en las personas, las instituciones y la tierra. Francisco resume dramáticamente esta realidad al afirmar: «Toda guerra deja al mundo peor que como lo había encontrado» (Francisco, 2020, n. 261).
Fratelli tutti analiza además la enorme capacidad destructiva de los conflictos contemporáneos y cuestiona que la guerra pueda constituir una respuesta adecuada a los problemas entre los pueblos (Francisco, 2020, nn. 256-262).
León XIV añade una dimensión moral decisiva: cuando la guerra destruye vidas, comunidades y creación, no estamos únicamente ante un fracaso político. Nos encontramos también ante un fracaso moral y espiritual (León XIV, 2026).

Una sola crisis socioambiental
Esta relación entre sufrimiento humano y deterioro ecológico había sido formulada con extraordinaria precisión en Laudato si’:
«No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental» (Francisco, 2015, n. 139). La frase obliga a modificar nuestra manera de analizar los problemas contemporáneos.
La degradación ambiental produce pobreza. La pobreza puede favorecer nuevas formas de degradación. La escasez de agua genera desplazamientos y tensiones. La pérdida de suelos fértiles amenaza la seguridad alimentaria. Los modelos de consumo condicionan los sistemas productivos. Los conflictos armados destruyen ecosistemas.
Y las decisiones económicas de una generación afectan las posibilidades de vida de las siguientes. Francisco sintetiza esta interdependencia mediante una expresión que atraviesa Laudato si’: «todo está conectado» (Francisco, 2015, nn. 91, 117, 138, 240).
No podemos defender verdaderamente a la persona destruyendo el ambiente donde vive. Pero tampoco podemos defender la naturaleza ignorando a las personas que sufren pobreza y exclusión. Ése es el corazón de la ecología integral. Crecimiento económico no significa desarrollo
Aquí adquiere especial relevancia Populorum progressio. San Pablo VI planteó en 1967 una distinción que conserva plena actualidad: «El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico» (Pablo VI, 1967, n. 14).
Una economía puede crecer mientras aumenta la desigualdad. Puede producir más mientras destruye ecosistemas. Puede generar enormes beneficios mientras precariza el trabajo. Puede incrementar su productividad mientras deteriora comunidades. Puede desarrollar tecnologías extraordinarias cuyos beneficios sólo alcancen a una minoría.
Por ello, Pablo VI sostiene: «El desarrollo para ser auténtico, debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre» (Pablo VI, 1967, n. 14).
Esto obliga a formular preguntas diferentes. No sólo: ¿cuánto crece una economía? Sino: ¿para quién crece?, ¿cómo crece?, ¿qué tipo de empleos produce?, ¿qué consecuencias tiene sobre las familias?, ¿qué recursos consume?, ¿qué impacto ambiental genera?, ¿qué mundo deja a las próximas generaciones?
La intuición culmina en una de las afirmaciones emblemáticas de la DSI contemporánea: «El desarrollo es el nuevo nombre de la paz» (Pablo VI, 1967, n. 76).
Combatir la pobreza construye paz. Educar construye paz. Crear empleo digno construye paz. Llevar agua a una comunidad construye paz. Fortalecer instituciones justas construye paz. Proteger la creación construye paz. La inversión social puede considerarse, por ello, una auténtica infraestructura de paz.
Desarrollo y responsabilidad hacia las futuras generaciones
Benedicto XVI retomó y actualizó esta tradición en Caritas in veritate. Al releer Populorum progressio, afirma que «el desarrollo humano integral es ante todo vocación» (Benedicto XVI, 2009, n. 11). No se trata solamente de producir más bienes. Se trata de generar condiciones para que las personas puedan realizarse integralmente.
Benedicto XVI vincula expresamente esta tarea con la responsabilidad ambiental: «El tema del desarrollo está también muy unido hoy a los deberes que nacen de la relación del hombre con el ambiente natural» (Benedicto XVI, 2009, n. 48).
La naturaleza no pertenece exclusivamente a quienes vivimos hoy. También tenemos responsabilidades hacia quienes vendrán después. La justicia posee, por tanto, una dimensión intergeneracional. Recibimos una tierra que no creamos y debemos transmitirla en condiciones dignas a quienes todavía no han nacido.
La crisis también está dentro de nosotros
Sin embargo, ninguna reforma económica o ambiental será suficiente si ignoramos una cuestión todavía más profunda. El Concilio Vaticano II diagnosticó que «los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano» (Concilio Vaticano II, 1965, n. 10).
León XIV recupera esta perspectiva. La violencia, la explotación y el deterioro ambiental no surgen únicamente de sistemas deficientes. También se alimentan de la voluntad de dominación, de la búsqueda del beneficio inmediato, de la incapacidad para reconocer límites y de la pérdida del sentido de la dignidad humana (León XIV, 2026).
Por eso Francisco sostiene: «la crisis ecológica es un llamado a una profunda conversión interior» (Francisco, 2015, n. 217). La crisis ecológica también es una crisis de deseos. De prioridades. De estilos de vida. De nuestra manera de comprender el progreso.
La ciencia nos indica qué podemos hacer. La tecnología amplía nuestro poder. Pero ninguna de ellas responde automáticamente a la pregunta decisiva: ¿qué debemos hacer con ese poder?
Una tecnología puede curar o destruir. La inteligencia puede servir o manipular. La economía puede integrar o excluir. La política puede reconciliar o dividir. El problema fundamental no es solamente cuánto poder tenemos, sino para qué lo utilizamos.
Los tres ecosistemas que debemos cuidar
León XIV aporta una formulación especialmente sugerente al proponer el cuidado de «los ecosistemas de la creación, de las relaciones humanas y los del propio corazón humano» (León XIV, 2026).
El primero es el ecosistema natural: agua, tierra, aire, biodiversidad y clima.
El segundo es el ecosistema social: familias, comunidades, empresas, instituciones, ciudades y naciones.
El tercero es el ecosistema interior: nuestra conciencia, deseos, valores y decisiones.
También las relaciones humanas pueden contaminarse. El odio contamina. La mentira contamina. La corrupción contamina. La polarización destruye confianza. La violencia rompe comunidades. Y un corazón dominado por resentimiento, codicia o indiferencia termina proyectando ese desorden hacia fuera.
Pacem in terris permite comprender la profundidad de esta relación: la paz de la sociedad guarda relación con el orden interior de la persona (Juan XXIII, 1963, n. 165). La ecología integral necesita, en consecuencia, una ecología del corazón.
Convertir las espadas en arados
Aquí la profecía de Isaías adquiere toda su fuerza. León XIV invita a imaginar un mundo donde los esfuerzos destinados actualmente a la guerra pudieran orientarse hacia el desarrollo humano integral, la lucha contra la pobreza, la protección de la dignidad humana y la reconciliación de las personas divididas (León XIV, 2026).
Convertir espadas en arados significa reorientar capacidades. Capital destinado a destruir puede financiar educación. Conocimiento científico puede combatir enfermedades. Tecnología puede mejorar la gestión del agua. Innovación puede regenerar ecosistemas. Recursos públicos pueden prevenir violencia. Empresas pueden generar trabajo digno.
Pero esta transformación no corresponde exclusivamente a los gobiernos. Debe realizarse simultáneamente en distintos niveles.

La persona: desarmar el propio corazón
En la persona significa revisar nuestro lenguaje, consumo y comportamiento; reducir desperdicios; evitar la difusión irresponsable de información; superar prejuicios y recuperar la capacidad de dialogar con quien piensa diferente. La primera espada que podemos transformar quizá sea la que llevamos dentro.
La familia: primera escuela del cuidado
En la familia significa enseñar que las cosas poseen valor y no solamente precio; cuidar alimentos, agua y energía; practicar la resolución pacífica de los conflictos; acompañar a ancianos y vulnerables y formar a los hijos en solidaridad. Una familia que aprende a cuidar está formando ciudadanos capaces de construir paz.
La empresa: crear valor humano y social
En la empresa significa comprender que el éxito no puede medirse exclusivamente por la rentabilidad. También debe evaluarse mediante la dignidad del trabajo, las condiciones laborales, el impacto social, la sostenibilidad ambiental, el uso responsable de la tecnología y el valor generado para la comunidad. La empresa puede ser uno de los grandes espacios contemporáneos donde las espadas se conviertan en arados.
Sociedad civil: reconstruir la confianza
En la sociedad civil supone reconstruir tejido comunitario mediante espacios de diálogo, redes solidarias, mediación, voluntariado, restauración ambiental y cooperación entre ciudadanos, universidades, empresas, comunidades religiosas y gobiernos. Una sociedad civil fuerte produce uno de los bienes más escasos de nuestro tiempo: confianza.
Políticas públicas: presupuestar la paz
En las políticas públicas exige reconocer que presupuestar significa priorizar. Educación, salud, alimentación, agua, prevención de violencia, justicia, protección ambiental, ciencia e innovación responsable no son gastos periféricos. Son inversiones en desarrollo humano y construcción de paz. Un presupuesto público puede convertirse simbólicamente en una espada o en un arado.
De la cultura del dominio a la cultura del cuidado
Detrás de todo esto existe una decisión civilizatoria. Podemos organizar nuestras sociedades desde la lógica del dominio o desde la lógica del cuidado.
La primera pregunta: ¿qué puedo controlar? La segunda: ¿qué debo proteger? La primera contempla la naturaleza principalmente como recurso. La segunda reconoce también su condición de bien recibido y compartido. La primera mira al vulnerable como carga. La segunda reconoce su dignidad. La primera responde al miedo acumulando poder. La segunda intenta construir justicia y confianza. Una lógica fabrica espadas. La otra aprende a fabricar arados.
Del desierto al jardín
León XIV concluye su mensaje proponiendo avanzar «desde el desierto hacia el jardín, de la división a la comunión y de la violencia a la paz» (León XIV, 2026).
El jardín, sin embargo, no aparece espontáneamente. Debe cultivarse. Por eso necesitamos arados. La paz debe cultivarse. La justicia debe cultivarse. La fraternidad debe cultivarse. La democracia debe cultivarse. La familia debe cultivarse. La empresa responsable debe cultivarse. La creación debe cultivarse. También el corazón.
Desde Pacem in terris hasta León XIV encontramos una profunda continuidad doctrinal:
Juan XXIII enseñó que la paz necesita verdad, justicia, caridad y libertad (Juan XXIII, 1963, n. 167).
El Concilio Vaticano II comprendió la paz como obra de la justicia y recordó que las raíces de los desequilibrios humanos alcanzan también al corazón de la persona (Concilio Vaticano II, 1965, nn. 10, 78).
Pablo VI mostró que el auténtico desarrollo debe alcanzar a todas las personas y a la persona entera, vinculándolo inseparablemente con la construcción de la paz (Pablo VI, 1967, nn. 14, 76).
Benedicto XVI recordó que el desarrollo humano integral es una vocación e incorporó con fuerza la responsabilidad hacia el ambiente y las generaciones futuras (Benedicto XVI, 2009, nn. 11, 48).
Francisco mostró que las dimensiones ambiental y social constituyen una única crisis y reclamó una profunda conversión ecológica interior (Francisco, 2015, nn. 139, 217). Frente a la guerra, recordó además que ésta siempre deja un mundo peor (Francisco, 2020, n. 261).
Y León XIV nos invita ahora a transformar aquello que destruye la vida en aquello que puede sostenerla y cultivarla (León XIV, 2026). La gran pregunta de nuestro tiempo quizá no sea cuánto poder conseguiremos acumular. Será qué decidiremos hacer con él.
La tecnología puede ser espada o arado. La economía puede ser espada o arado. La política puede ser espada o arado. La información puede ser espada o arado. La empresa puede ser espada o arado. También nuestras palabras pueden serlo. No basta, por tanto, denunciar las espadas. Hay que transformarlas.
Porque paz, desarrollo humano integral y cuidado de la creación no constituyen tres proyectos separados. Son dimensiones de una misma vocación humana: una vocación que comienza transformando el corazón, continúa reconstruyendo nuestras relaciones y debe terminar convirtiéndose en empresas, presupuestos, instituciones y políticas capaces de cuidar la vida.
Sólo entonces la antigua profecía de Isaías dejará de ser una aspiración distante. Y las espadas comenzarán realmente a convertirse en arados.
Te invitamos a ver el video de “Laicos en la Vida Pública” sobre el tema:
Así como la presentación:
De las espadas a los arados – Google Drive

Referencias
Benedicto XVI. (2009, 29 de junio). Carta encíclica Caritas in veritate sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad. Santa Sede. Numerales utilizados: 11 y 48. Caritas in veritate (29 de junio de 2009)
Concilio Vaticano II. (1965, 7 de diciembre). Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual. Santa Sede. Numerales utilizados: 10 y 78. Gaudium et spes
Francisco. (2015, 24 de mayo). Carta encíclica Laudato si’ sobre el cuidado de la casa común. Santa Sede. Numerales utilizados: 91, 117, 138, 139, 217 y 240. Laudato si’ (24 de mayo de 2015)
Francisco. (2020, 3 de octubre). Carta encíclica Fratelli tutti sobre la fraternidad y la amistad social. Santa Sede. Numerales utilizados: 256-262, especialmente 261. Fratelli tutti (3 de octubre de 2020)
Juan XXIII. (1963, 11 de abril). Carta encíclica Pacem in terris sobre la paz entre todos los pueblos que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Santa Sede. Numerales utilizados: 165 y 167. Pacem in terris (11 de abril de 1963)
León XIV. (2026, 15 de agosto). Mensaje con ocasión de la XI Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación [1 de septiembre de 2026]: «Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas» (Is 2,4). Santa Sede. Mensaje del Santo Padre con ocasión de la XI Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación [1 de septiembre de 2026] (15 de agosto de 2026)
Pablo VI. (1967, 26 de marzo). Carta encíclica Populorum progressio sobre el desarrollo de los pueblos. Santa Sede. Numerales utilizados: 14 y 76. Populorum Progressio (26 de marzo de 1967)
