En su Prefacio a la décima cuarta edición de la Cristiada, obra aparecida entre 1973 y 1975, Jean Meyer hace un mapa integral de su trabajo: 1) Da el marco político externo e interno del conflicto; 2) Pregunta si tenía o no perspectiva social o política clara el movimiento cristero; 3) Señala las posiciones sociopolíticas de los obispos durante ese conflicto; 4) Indica la repercusión actual y el peso político del conflicto y de la Cristiada; 5) Añade algunas reflexiones sobre los cristianos y lo público (1).
Marco político externo e interno. Entre 1925-26 había dos conflictos con los Estados Unidos (EUA): uno con las petroleras de EUA en México y otro porque el gobierno de Calles, clandestinamente, apoyó a los liberales en Nicaragua, mientras el gobierno de EUA apoyaba a los conservadores; esto segundo desató la furia norteamericana. Calles esperaba una invasión por Tampico o Veracruz que no ocurrió. Amenazó con incendiar pozos petroleros y en 1927 renunció a imponerse a las petroleras (2).
En lo interno había una tensión entre obregonistas y callistas; además, el líder de la CROM, Luis N. Morones, aliado de Calles, había promovido, con anuencia de éste, la creación de la Iglesia cismática mexicana —al estilo Enrique VIII— y con su sindicato había alentado un conflicto con otros sindicatos, tanto católicos como comunistas; esto segundo degeneró en el conflicto ferrocarrilero 1926-27, en plena guerra cristera, que fue reprimido por el gobierno de Calles. Éste, en tal contexto, perdió los estribos.
Con ello, brotaron los extremismos tanto del lado del gobierno como de lado de la Iglesia y de los católicos. La guerra cristera pudo haberse evitado, dice Meyer, si los radicales hubiesen sido contenidos. ¿Qué llevó a Calles, o a su gobierno, a modificar el Código Penal para hacer efectivas las restricciones de la Constitución del 17? Se limitaba el número de sacerdotes, se clausuraban escuelas católicas y se prohibían prácticas de fe públicas. Los católicos consideraron esto un ataque directo a su fe.
¿Tenía perspectiva social o política clara o no el movimiento cristero? Los católicos políticos, escribe Meyer, se sentían excluidos de la cosa pública, como ciudadanos de segunda, y vieron el conflicto como una oportunidad para llegar al poder (3). Por su parte, los cristeros guerrilleros, sin un programa sociopolítico, consideraban que su acción era una legítima defensa de su libertad religiosa ante el mal gobierno. Peleaban por la suspensión de la Ley Calles; su levantamiento sorprendió a Estado e Iglesia (4).
La Cristiada mostraba un México visible, pero, sobre todo, un México invisible, telúrico, conformado por la gente del campo. Este alzamiento por ello sorprendió a personas e instituciones: al Ejército y al gobierno; a la Iglesia misma; y a los propios insurgentes. La tensión y el conflicto, sigue Meyer, entre la Iglesia y el Estado ha sido y es natural, esperable, tiene su dinámica, con lentitud, al margen del volcán subterráneo (en el seno del pueblo) que fue imprevisto, inédito, inesperado, impreparado e inorganizado.
En el estallamiento no intervinieron partidos políticos ni organizaciones confesionales. La trama comenzó con el acorralamiento del gobierno a la Iglesia (la Ley Calles). Ésta respondió con la suspensión del culto público, algo inédito. Los signos fueron las campanas mudas, la liturgia suspendida y la vida de fe clandestina. El gobierno embistió de nuevo persiguiendo el culto privado. Aquí, según Meyer, brota al temple del pueblo: cree en México y en la cristiandad y ante la imposibilidad de vivir su fe, se alza.
En efecto, sin sacramentos, sin bautizos ni matrimonios, sin confesión ni eucaristía, no quedaría más que morir como un perro callejero; por eso, “más vale morir combatiendo”. (5). Brotó así esa coalición multiclasista rural —excepto hacendados y agraristas— también formada por ancianos, mujeres y niños, que apoyó a la Cristiada. “Huarachudos”, “muertos de hambre”, “descamisados”, todos los grupos y clases sociales se unieron. No querían tomar al Estado ni ser el Papa. Buscaban vivir su fe (6).
Posiciones sociopolíticas de los obispos durante el conflicto. Una minoría, según Meyer, apoyó a los cristeros porque creía en su buena fe; otra minoría los combatió porque era contrarrevolucionaria, antimasónica, antiliberal y antitodo que oliera a novedad; la mayoría estaba expectante de Roma y esperaba saber quién ganaría y reconocer a la autoridad definitiva. Tal división de posturas era similar para temas como la reforma agraria, sindicatos y educación. Dos cosas tenían unanimidad: la obediencia al Papa y el nacionalismo (que compartían con los cristeros) (7).
Repercusión actual y peso político de la Cristiada. Luego de los Acuerdos y del ulterior reacomodo, entre la Iglesia y el Estado en México, se ha dado una armonía muy pragmática entre ambos. El gobierno muestra menos anticlericalismo; la Iglesia, menos oposición sistemática a aquél (en América Latina se muestra tímida en lo político y social). Pero durante el periodo de 1930 a 1965, se suscitaron en su seno más vocaciones religiosas (8). La espada de Damocles del poder no deja de estar sobre ella.
Los cristianos y lo público. «Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21) es difícil de comprender para los cristianos (sean de derecha, centro o izquierda); empero, es imperante no desentenderse del momento histórico, en temas como la justicia, la dignidad, etc. Esto no significa la entrega total a una causa militante aunque sea un reclamo permanente del poder del Estado. Esto implica reconocer la dignidad de la libertad religiosa. La Inquisición ni el Gulag distorsionan, pero no anulan la relevancia para el bien común de la Iglesia y el Estado.
Roma tuvo grave responsabilidad, dice Meyer. Los obispos mexicanos consultaron e insistieron sobre la suspensión del culto; la respuesta fue de último momento y ambigua. Pero la Curia, a posteriori, acusó al obispo Lara y Torres de haber empujado a sus hermanos a la suspensión. Finalmente, apunta el historiador, la Cristiada es un drama del pueblo, no de partidos ni de sistemas ni de autoridades, sino del pueblo vivo (9). Un episodio que le hiere en su memoria, mas debe reconciliar en su conciencia.
¿Qué nos enseña ese episodio cruento que, luego, se prolongó de 1931 hasta 1941, en diversas regiones y momentos? Ya se ha señalado lo que siguió después de los Acuerdos: una armonía pragmática, pero con la espada de Damocles sobre la Iglesia. Desde mi perspectiva, lo que más nos enseña ese cruento episodio es que la libertad religiosa es un anhelo del pueblo plural de México; esto incluye a mexicanos y mexicanas que han optado y pueden optar por el agnosticismo o el ateísmo.
México, como nación temporal, tiene raíces plurales y cauces cristianos, pero su diversidad actualmente la hace un sujeto temporal plural y diverso. Como patria temporal camina, con mucha dificultad, a la unidad en la diversidad, hacia el reconocimiento de los diversos que necesitan y reclaman la justicia y el reconocimiento de su dignidad. El desarrollo humano integral es su principal reto desde la modernidad. No podrá afrontarlo sin reconocer su historia integralmente.
Como cristianos no podemos dejar de colaborar en ese reto temporal, pero sin dejar de mirar la patria intemporal que ya está en el núcleo de la promesa de Guadalupe: una casita donde la Madre del verdadero Dios por quien se vive venga a sostenernos y a consolarnos en los avatares de nuestra vida cotidiana. Tiempo y eternidad se unen en estrecho vínculo en la dinámica de la fe cristiana. Una fe que alumbra nuestra historia, y como fuente de agua viva nutre nuestra vida presente, en esta tierra, en este tiempo.
Notas
1. Jean Meyer, La cristiada, t. 1 La guerra de los cristeros, Siglo XXI, México, 10ª reimpresión 2010, Prefacio, pp. VII-XVI. Este documento tiene fecha de 1994.
2. Ib., pp. IX-X.
3. Ib., p. X.
4. Ib., p. XI.
5. Ib., p. XII.
6. Ib., pp. XII-XIII.
7. Ib., pp. XIII-XIV.
8. Ib., pp. XIV-XV.
9. Ib., pp. XV-XVI.
