Una lectura desde la Doctrina Social de la Iglesia de la Primera Cátedra del Dr. Jorge Medina Delgadillo, Rector de la UPAEP
Introducción: educarse es aprender a responder
¿Qué significa verdaderamente educarse en una universidad? Adquirir conocimientos, desarrollar competencias, obtener un título y mejorar las oportunidades profesionales son objetivos legítimos, pero insuficientes si olvidamos una pregunta más profunda: ¿para qué y para quién educamos?
La Primera Cátedra del Dr. Jorge Medina Delgadillo, Rector de la UPAEP, ofrece una respuesta especialmente sugerente. Desde el inicio plantea a los estudiantes una afirmación que transforma la manera de comprender la educación superior: “ustedes no vienen aquí solamente a recibir. Vienen a responder” (Medina Delgadillo, 2026).
Esta idea encuentra una profunda correspondencia con la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) y con el reciente magisterio educativo de León XIV. En su Carta Apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, el Papa afirma que “la educación no es una actividad accesoria” (León XIV, 2025, n. 1.1) y posteriormente sintetiza su sentido en una expresión particularmente significativa: “Educar es un acto de esperanza” (n. 3.2).
Ambas perspectivas convergen: la educación no consiste simplemente en recibir información, sino en desarrollar aquello que hemos recibido y transformarlo en responsabilidad y servicio. El talento aparece así, como don, tarea y responsabilidad.
El talento: recibir para hacer fructificar
Medina Delgadillo parte de la parábola evangélica de los talentos para recordar algo que una cultura excesivamente individualista puede olvidar: no somos autores absolutos de aquello que poseemos.
El Rector lo sintetiza claramente: “el talento es dado, pero también cultivado; es don, pero también fruto del esfuerzo” (Medina Delgadillo, 2026). La expresión mantiene unidos dos conceptos que no deberían separarse: don y esfuerzo.
Es legítimo reconocer el mérito de quien estudia, trabaja y persevera. Pero ninguna persona se otorgó a sí misma la vida, la inteligencia, la familia, el contexto histórico, los profesores que encontró o todas las oportunidades que hicieron posible su desarrollo.
Por eso Medina Delgadillo recuerda que, en la parábola, “los tres siervos administran algo que no les pertenece” (2026).
Esta concepción encuentra un antecedente fundamental en Populorum progressio. Pablo VI afirma que desde su nacimiento cada persona recibe capacidades para hacerlas fructificar y sostiene: “Dotado de inteligencia y de libertad, el hombre es responsable de su crecimiento” (Pablo VI, 1967, n. 15). El don no elimina la responsabilidad. La crea.
A mayores dones, mayores responsabilidades
El núcleo de la Primera Cátedra se concentra en una expresión de san Gregorio Magno recuperada por Medina Delgadillo: “aumentando los dones, crecen también las responsabilidades” (Medina Delgadillo, 2026). La frase establece una proporcionalidad ética fundamental: cuanto mayores son nuestras capacidades, conocimientos y oportunidades, mayor es también nuestra responsabilidad.
Un médico puede hacer algo que su paciente no puede. Un ingeniero puede tomar decisiones que afectan a miles de personas. Un empresario puede generar oportunidades de trabajo o destruirlas. Un servidor público ejerce una autoridad confiada por otros. Un especialista en inteligencia artificial puede participar en la creación de sistemas capaces de influir profundamente sobre las decisiones humanas.
La educación superior deja entonces de ser solamente un privilegio. Se convierte en responsabilidad social.
Pablo VI expresa este principio desde la solidaridad: “La solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber” (Populorum progressio, n. 17). Desde esta perspectiva, los talentos alcanzan su plenitud cuando producen frutos que trascienden a quien los posee.

La universidad debe formar personas, no solamente profesionistas
Una de las afirmaciones más provocadoras de Medina Delgadillo sostiene que es posible cumplir todos los requisitos académicos y, sin embargo, desaprovechar la experiencia educativa: “un estudiante puede titularse sin haberse formado” (Medina Delgadillo, 2026).
Existe una diferencia profunda entre escolarización y formación. La primera puede medirse mediante créditos, exámenes, calificaciones y títulos. La segunda implica transformación personal.
Por eso Medina Delgadillo sostiene: “de la universidad no deberían egresar personas que simplemente conserven lo recibido. Deben egresar personas que lo transformen” (2026). Esta afirmación adquiere particular importancia para una Universidad Católica.
San Juan Pablo II recuerda en Ex corde Ecclesiae que la universidad comparte el gaudium de veritate, es decir, “el gozo de buscar la verdad, de descubrirla y de comunicarla” (Juan Pablo II, 1990, n. 1).
Pero esa búsqueda posee una finalidad social: “La misión fundamental de la Universidad es la constante búsqueda de la verdad mediante la investigación, la conservación y la comunicación del saber para el bien de la sociedad” (Juan Pablo II, 1990, n. 30). La expresión final es determinante: para el bien de la sociedad.
La investigación no existe solamente para producir publicaciones. La innovación no se justifica únicamente por generar patentes. La formación profesional tampoco puede reducirse a incrementar la empleabilidad. El conocimiento encuentra su sentido pleno cuando contribuye a la dignidad humana y al bien común.
Educar es ayudar a florecer
El magisterio de León XIV profundiza esta concepción. En Diseñar nuevos mapas de esperanza, el Papa parte de una realidad que cualquier educador reconoce: “Vivimos en un entorno educativo complejo, fragmentado y digitalizado” (León XIV, 2025, n. 1.2). Frente a este escenario, la educación católica no puede refugiarse en el pasado. Necesita responder creativamente sin abandonar su fundamento antropológico.
León XIV describe la educación como la tarea de “hacer florecer el ser” y “cuidar el alma” (2025, n. 3.2). Y añade una afirmación especialmente significativa: “La verdad se busca en comunidad” (n. 3.2).
Esta perspectiva cambia también la forma de evaluar la excelencia universitaria. No basta preguntar cuántos estudiantes ingresan, cuántos egresan, qué lugar ocupa una institución en los rankings o cuántas publicaciones y patentes produce.
Debemos formular una pregunta anterior: ¿qué clase de personas estamos formando? La excelencia académica no puede separarse de la excelencia humana.
ChatGPT y el riesgo de enterrar el talento
Este problema adquiere una actualidad extraordinaria con la inteligencia artificial. Medina Delgadillo menciona expresamente a ChatGPT cuando describe algunas formas contemporáneas de “enterrar” los talentos. Un estudiante puede disponer de bibliotecas, bases de datos, profesores e innumerables fuentes de conocimiento y terminar entregando trabajos construidos mediante unas cuantas páginas de internet, copy/paste y un prompt dirigido a ChatGPT (Medina Delgadillo, 2026).
El problema no consiste en utilizar inteligencia artificial. Consiste en utilizarla para evitar precisamente aquellos procesos intelectuales mediante los cuales deberíamos formarnos.
León XIV aborda directamente este dilema en Magnifica Humanitas: “Los procesos educativos, en cambio, requieren tiempo para madurar, una confrontación con la realidad más allá de las apariencias y un camino paciente” (León XIV, 2026a, n. 140).
Inmediatamente añade una afirmación decisiva: “toda tecnología educa a quien la utiliza” (n. 140). Las tecnologías no solamente realizan tareas por nosotros. También modifican nuestra atención, nuestros hábitos, nuestras relaciones y nuestra manera de pensar. Por ello, la educación digital no puede reducirse a enseñar cómo utilizar herramientas.
Educar también significa saber cuándo no utilizar IA
León XIV formula en Magnifica Humanitas uno de los principios educativos más relevantes para la era de la inteligencia artificial: “Educar en el uso de la IA implica, por tanto, educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla” (León XIV, 2026a, n. 140).
Esta afirmación modifica profundamente el debate educativo. La alfabetización en IA no consiste solamente en aprender a escribir mejores prompts. Significa desarrollar criterio para decidir qué podemos delegar y qué necesitamos continuar haciendo nosotros porque precisamente hacerlo desarrolla nuestras capacidades.
Si un estudiante utiliza IA para explorar hipótesis, contrastar perspectivas, analizar información o formular mejores preguntas, la tecnología puede ampliar extraordinariamente sus posibilidades. Pero si la emplea sistemáticamente para evitar leer, escribir, investigar, argumentar y pensar, aparece una paradoja educativa: podemos obtener mejores productos mientras formamos personas menos capaces de producirlos por sí mismas.
Por ello, León XIV advierte que el flujo incesante de información puede sustituir “al ejercicio de la investigación, la reflexión y el discernimiento” (Magnifica Humanitas, n. 146). La universidad debe formar para avanzar desde la información hacia el conocimiento, y desde el conocimiento hacia el discernimiento y la sabiduría.
El esfuerzo también forma a la persona
Esta cuestión puede comprenderse desde una intuición clásica de la DSI. Juan Pablo II sostiene en Laborem exercens que mediante el trabajo el ser humano no solamente transforma la naturaleza, sino que “se realiza a sí mismo como hombre” (Juan Pablo II, 1981, n. 9).
Algo semejante sucede con el aprendizaje. Cuando un estudiante escribe un ensayo, el resultado importante no es únicamente el texto. También importa la persona que se forma mientras lo escribe.
Al investigar desarrolla criterio. Al resolver problemas desarrolla razonamiento. Al escribir desarrolla capacidad de argumentación. Al equivocarse y volver a intentarlo desarrolla perseverancia.
Por eso no todo proceso que técnicamente pueda automatizarse debería necesariamente automatizarse. Algunos esfuerzos tienen valor educativo precisamente porque nos transforman mientras los realizamos.
La universidad frente al desafío de la IA
León XIV volvió sobre esta cuestión en junio de 2026 ante la Association of Catholic Colleges and Universities. El Papa reconoce que “el uso generalizado de la inteligencia artificial hace cada vez más difícil evaluar el trabajo de los estudiantes” (León XIV, 2026b).
El problema obliga a replantear los métodos educativos. Durante décadas hemos evaluado el aprendizaje principalmente mediante productos: ensayos, investigaciones, ejercicios y presentaciones. Pero cuando una máquina puede producir parte de esos resultados, la pregunta fundamental reaparece: ¿cómo sabemos que el estudiante realmente aprendió?
León XIV propone que los jóvenes aprendan a relacionarse positivamente con las tecnologías mientras desarrollan simultáneamente sus capacidades de “razonar, de pensar críticamente y de asimilar el conocimiento” (2026b).
El desafío no consiste, por tanto, en elegir entre universidad e inteligencia artificial. Consiste en incorporar la IA sin abdicar de aquello que nos hace humanos.

La persona antes que el algoritmo
Aquí aparece uno de los principios más importantes del reciente magisterio educativo de León XIV. En Diseñar nuevos mapas de esperanza propone formar a los jóvenes en un uso sabio de las tecnologías y de la IA, “colocando a la persona antes que el algoritmo” (León XIV, 2025, n. 10.3).
La expresión sintetiza una auténtica antropología tecnológica. La persona debe permanecer en el centro. No el algoritmo. No la eficiencia. No la automatización. No siquiera el conocimiento considerado aisladamente. La persona.
Por eso el Papa concluye su Carta Apostólica recordando a las comunidades educativas que “la relación está antes que la opinión, la persona antes que el programa” (León XIV, 2025, n. 11.2).
Este principio constituye también un criterio fundamental para la Universidad Católica. La tecnología debe estar al servicio de la persona y del bien común.
Del conocimiento al servicio
Toda esta reflexión regresa finalmente a los talentos. Medina Delgadillo resume la responsabilidad derivada de los dones recibidos mediante una expresión especialmente significativa: “El don recibido produce humildad y prisa por servir” (2026).
La idea coincide plenamente con la misión social de la Universidad Católica.
El conocimiento no debería terminar en quien lo adquiere. Debe circular y convertirse en servicio. El médico sirve curando. El ingeniero, desarrollando soluciones seguras. El empresario, creando valor y trabajo digno. El abogado, defendiendo la justicia. El comunicador, buscando la verdad. El científico, poniendo su conocimiento al servicio de la humanidad.
Y el especialista en inteligencia artificial, desarrollando tecnologías compatibles con la dignidad, la libertad y la responsabilidad humanas. La profesión se convierte así en vocación social.
Conclusión: recibir, desarrollar y servir
La Primera Cátedra de Jorge Medina Delgadillo y el magisterio educativo de León XIV convergen en una convicción fundamental: el conocimiento genera responsabilidad. La experiencia universitaria puede comprenderse entonces mediante tres movimientos:
- Recibir. Reconocer que nuestras capacidades y oportunidades no comenzaron con nosotros.
- Desarrollar. Cultivarlas mediante el estudio, la investigación, la disciplina, el esfuerzo y la creatividad.
- Servir. Poner aquello que hemos desarrollado al servicio de la dignidad humana y del bien común.
La inteligencia artificial hace esta misión todavía más urgente. Cuando las máquinas pueden producir respuestas, necesitamos formar personas capaces de hacer preguntas. Cuando pueden generar contenidos, necesitamos personas capaces de discernir su verdad. Cuando pueden automatizar decisiones, necesitamos fortalecer la responsabilidad humana.
Y cuando la tecnología incrementa extraordinariamente nuestras capacidades, necesitamos recordar la intuición que articula la Primera Cátedra: “aumentando los dones, crecen también las responsabilidades” (Medina Delgadillo, 2026).
La pregunta final trasciende a los estudiantes e interpela también a profesores, investigadores, profesionistas, empresarios y universidades: ¿Qué estamos haciendo con aquello que hemos recibido?
La respuesta no estará únicamente en nuestros títulos, salarios, publicaciones, empresas, patentes o reconocimientos. Estará también en las personas cuya vida mejoró porque decidimos poner nuestros talentos a su servicio.
Porque la educación alcanza su plenitud cuando aquello que recibimos no termina en nosotros, sino que lo desarrollamos, lo multiplicamos y lo convertimos en un don para los demás.
Te invitamos a ver el video de “Laicos en la Vida Pública” sobre el tema:
Así como la presentación:
Los talentos que educamos no nos pertenecen – Google Drive

Referencias
Juan Pablo II. (1981, 14 de septiembre). Laborem exercens: Carta encíclica sobre el trabajo humano en el 90 aniversario de la Rerum novarum. Santa Sede.
Laborem Exercens (14 de septiembre de 1981)
Juan Pablo II. (1990, 15 de agosto). Ex corde Ecclesiae: Constitución apostólica sobre las universidades católicas. Santa Sede.
Ex Corde Ecclesiae (15 de agosto de 1990)
León XIV. (2025, 27 de octubre). Diseñar nuevos mapas de esperanza: Carta apostólica con motivo del 60.º aniversario de la Declaración conciliar Gravissimum educationis. Santa Sede.
León XIV. (2026a, 15 de mayo). Magnifica Humanitas: Carta encíclica. Santa Sede.
Carta Encíclica de Su Santidad León XIV Magnifica Humanitas (15 de mayo de 2026)
León XIV. (2026b, 3 de junio). Discurso a la delegación de la Association of Catholic Colleges and Universities. Santa Sede.
A la delegación de la “Association of catholic Colleges and Universities” (3 de junio de 2026)
Medina Delgadillo, J. (2026, 17 de agosto). Aumentando los dones, crecen las responsabilidades. UPRESS, Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla.
Aumentando los dones, crecen las responsabilidades | UPRESS
Pablo VI. (1967, 26 de marzo). Populorum progressio: Carta encíclica sobre el desarrollo de los pueblos. Santa Sede.
