CONFINES POLÍTICOS

Un viaje más allá de las fronteras

La Economía después del Dinero ¿Puede la IA Vaciar el Mundo de Sentido?

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La Eficiencia como Nueva Ideología y la Resistencia Silenciosa de la Comunidad

Por Carlos Anaya

La Inteligencia Artificial no solo está transformando la economía. Está redefiniendo, sin decirlo, qué entendemos por valor. El problema es que esa redefinición ocurre bajo una premisa peligrosa: todo lo que no se puede optimizar, desaparece. Y lo que no se puede medir, deja de importar.

El nuevo dogma: si no es eficiente, no existe

Hay una narrativa dominante que se repite con entusiasmo casi religioso: la Inteligencia Artificial hará todo más rápido, más barato, más preciso. Nadie pregunta si lo hará más humano.

La economía contemporánea ha abrazado una idea radical, aunque pocas veces explicitada: la eficiencia es el criterio último de legitimidad. Lo que optimiza, se justifica. Lo que no, se descarta.

El Banco Mundial advierte que la digitalización está reconfigurando los mercados laborales (World Bank, 2025). Pero esa descripción técnica oculta una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando el sistema ya no necesita a las personas para funcionar?

No es la primera vez que la economía desplaza al ser humano. Pero sí es la primera vez que tiene las herramientas para hacerlo de manera sistemática, silenciosa y —peor aún— eficiente.

El trabajo: de fuente de dignidad a variable de ajuste

Durante siglos, el trabajo fue más que una actividad económica: fue una forma de estar en el mundo. De construir identidad, pertenencia, sentido.

Hoy, ese vínculo se rompe.

La Organización Internacional del Trabajo lo recuerda con claridad:

“El trabajo no es solo un medio de subsistencia, sino un elemento esencial de la dignidad humana” (OIT, 2019).

Pero la lógica algorítmica no reconoce la dignidad. Reconoce patrones, probabilidades, resultados.

En ese lenguaje, el trabajador no es sujeto: es variable.

Y las variables, cuando dejan de ser necesarias, se eliminan.

La gran ilusión: más tecnología, más progreso

Se ha instalado una equivalencia casi automática: más tecnología = más progreso.

Es una simplificación peligrosa.

La OECD reconoce que la IA puede asumir tareas cognitivas complejas (OECD, 2019). Pero la pregunta no es qué puede hacer la tecnología, sino qué estamos dejando que haga.

Porque cada automatización implica una delegación.

Y cada delegación implica una renuncia.

Renunciamos a decidir.

Renunciamos a evaluar.

Renunciamos, poco a poco, a comprender.

La eficiencia no solo optimiza procesos. reconfigura el criterio con el que juzgamos la realidad.

El dinero como ficción en crisis

Mientras la tecnología acelera, el sistema monetario muestra signos de agotamiento. Inflación, deuda estructural, precarización laboral: síntomas de un modelo que ya no distribuye valor, sino que lo concentra.

Y sin embargo, seguimos midiendo todo en dinero.

Aquí aparece una ruptura conceptual que incomoda: ¿y si el dinero nunca fue la medida real del valor?

Modelos como el Banco de Tiempo plantean una herejía económica:

Que el valor puede medirse en tiempo, en cuidado, en reciprocidad.

No es una utopía. Es una evidencia incómoda.

En Caritas in Veritate se advierte:

“El desarrollo no puede reducirse al crecimiento económico” (Benedicto XVI, 2009, n. 11).

Y más radical aún:

“La lógica del don… puede y debe tener espacio dentro de la actividad económica” (n. 36).

Lo que estos modelos revelan no es una alternativa marginal. Es algo más inquietante: Que el sistema actual no es inevitable.

El pantano creativo: cuando todo se produce, nada importa

La Inteligencia Artificial generativa ha democratizado la creación. Pero también ha trivializado el resultado.

La UNESCO advierte sobre la homogeneización cultural (UNESCO, 2021). Traducido: cuando todo se parece, nada destaca.

Vivimos una paradoja inédita:

  • Nunca hubo tanta producción
  • Nunca fue tan difícil encontrar sentido

El problema ya no es la escasez.

Es el exceso sin significado.

La CEPAL lo intuye al señalar que la creatividad es un activo estratégico (CEPAL, 2020). Pero no cualquier creatividad: aquella que no puede ser replicada.

Es decir: la profundamente humana.

Economía sin comunidad

La lógica algorítmica tiene un sesgo estructural: optimiza lo individual, no lo relacional.

Pero la sociedad no se sostiene en individuos aislados. Se sostiene en vínculos.

El concepto de capital social, desarrollado por Robert D. Putnam, lo expresa con precisión:

“Las redes y la confianza permiten la cooperación” (Putnam, 2000).

Sin esas redes, la economía puede seguir funcionando.

Pero la sociedad no.

Aquí está el punto ciego del paradigma actual:

Confunde funcionamiento con sentido.

Soberanía del servicio: la economía que el sistema no puede medir

Cuando el dinero falta, el sistema se detiene. Pero las personas no.

Siguen cuidando, enseñando, acompañando, resolviendo.

Siguen generando valor.

La FAO subraya que la resiliencia depende de la capacidad de movilizar recursos propios (FAO, 2016).

Eso es, en esencia, la soberanía del servicio.

Una economía que no depende del dinero para existir.

Y por lo mismo, una economía que el sistema no puede controlar del todo.

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia lo establece sin ambigüedad:

“La persona humana es el fin de toda la vida social” (n. 106).

El problema es que el sistema actual funciona como si lo fuera el dinero.

La decisión que nadie quiere nombrar

La Inteligencia Artificial no es neutral. Nunca lo fue.

Amplifica el modelo en el que se inserta:

  • En un sistema extractivo → acelera la extracción
  • En un sistema solidario → potencia la cooperación

Por eso, la discusión sobre IA no es técnica. Es política. Y más profundamente, es antropológica.

Como advierte Fratelli Tutti:

“El mercado solo no resuelve todo” (Francisco, 2020, n. 168).

La pregunta real no es qué puede hacer la IA.

Es ¿quién decide para qué se usa?

Conclusión: la rebelión silenciosa

No estamos ante el fin del trabajo.

Estamos ante el fin de una forma de entender el valor.

Y en ese vacío emergen dos caminos:

  1. Una economía totalmente optimizada, eficiente… y deshumanizada
  2. Una economía más lenta, más imperfecta… pero con lazos que dan sentido

La primera ya está en marcha.

La segunda apenas comienza.

La pregunta que define nuestro tiempo no es tecnológica. Es humana:

¿Estamos construyendo un sistema que funcione mejor… o una sociedad que valga la pena?

Porque si la eficiencia se convierte en el único criterio, el resultado será impecable.

Pero profundamente vacío.

Referencias

Benedicto XVI. (2009). Caritas in Veritate.

CEPAL. (2020). Construir un nuevo futuro.

European Commission. (2021). Social Economy Action Plan.

FAO. (2016). Resilient livelihoods framework.

Francisco. (2020). Fratelli Tutti.

OECD. (2019). OECD Principles on AI.

OIT. (2019). Trabajar para un futuro más prometedor.

Pontificio Consejo Justicia y Paz. (2004). Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.

Putnam, R. D. (2000). Bowling Alone.

UNESCO. (2021). Recomendación sobre la Ética de la IA.

World Bank. (2025). World Development Report 2025.

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