CONfines Políticos
8 de agosto de 2025
Correspondencia: confinespoliticos@gmail.com
El perfil definitivo del siglo XXI se juega en medio de una confrontación entre cuatro principales fuerzas con presencia mundial. Tres de ellas de corte populista, autoritario y pragmático, mientras la cuarta es de naturaleza espiritual. Pese a sus diferencias, todas coinciden en desbordar lo que hasta hace poco parecía un imbatible globalismo. Es verdad que, en tanto no ocurra lo definitivo, nada está escrito para siempre en la Historia y no sabemos si el globalismo vaya a tener una segunda oportunidad. Pero, en tal caso, tendría que ser un proyecto reinterpretado en las condiciones generadas a partir del ascenso de Donald Trump…
Uno de los aspectos más peculiares del momento histórico, es que podemos dejar atrás el globalismo, pero no el carácter global de la realidad, si hemos de entender ‘lo global’ como la conectividad e interdependencia de toda la vida humana alrededor del mundo a través de los espectaculares avances en materia tecnológica…
Decir que tres de ellas son versiones populistas y la última no, va más allá de una simple distinción entre lo temporal y lo espiritual. El que un líder populista se declare ateo tiene implicaciones eminentemente teológicas, aunque su ámbito cultural, espiritual e intelectual no sea cristiano (Xi Jinping, por ejemplo). Con mayor razón si se declara creyente o practicante de tal o cual vertiente cristiana, pero su conducta o decisiones presentan síntomas que lo contradicen (Donald Trump y Vladimir Putin, por ejemplo). Sin embargo, no deseo que me tomen por reduccionista. Con frecuencia menciono a los tres no por pensar que sean los únicos, sino porque se han convertido en los paradigmas del populismo actual. Los demás, o son émulos o pretenden sintetizar determinadas características de ellos, al modo de ‘terceras vías’ en el espectro populista, quizás con la esperanza de que, al final, logren conectarse con el más fuerte o con el que resulte vencedor…
La ruptura entre el Logos y el Ethos
Pero dejémonos de rodeos. ¿Qué es lo que está en juego? A lo largo y ancho del pensamiento emanado de la Modernidad, están presentes una serie de rupturas que, en el plano secular, partieron de la planteada por Maquiavelo entre hechos y valores, pero que, desde la perspectiva teológica, tuvieron como antecedente la ocurrida entre el Logos y el Ethos. Sólo N. S. Jesucristo es el verdadero y único Logos y Ethos perfecto. La fractura está presente en gnósticos, maniqueos y cátaros, alcanzando un hito clave con la Reforma protestante. Esto generó varias consecuencias, de las cuales mencionaré algunas…
De un lado, dio paso a una disputa para determinar quién era el portavoz del Logos; del otro, quién el auténtico guardián del Ethos. Históricamente hablando, el primero estaría mirando hacia un futuro progresivamente revolucionario, mientras el segundo hacia un pasado cada vez más conservador. O si se prefiere: ¿cómo se expresa Dios, como Logos o como Ethos? La cuestión escondida estriba en quién sería su intérprete. Según el perfil del populista, se decantaría por una de las dos versiones, con un sinnúmero de posiciones intermedias…
Obviamente, desde el principio está latente la intención de que el populista se declare ‘salvador’, dotando de cierto aire mesiánico al proyecto político…
Otro dato importante es que la ruptura entre el Logos y el Ethos viene acompañada de una interpretación cósmica como el gran escenario de una lucha entre el bien y el mal. Ejemplos sobran en los discursos: ‘mis enemigos’, ‘mis adversarios’, etcétera…
Tan tiene consecuencias teológicas que en la historia del populismo está presente la inquietud de unificar el Logos y el Ethos desde la ideología secularista: la voluntad del pueblo como expresión de la divina y el líder como su único intérprete…
Las tensiones han sido notorias a lo largo de los años y, ya desde los albores de la Edad Media, Alcuino se lo anticipó a Carlomagno en una carta del año 798, al advertirle de los peligros de tomar al pie de la letra el adagio: “la voz del pueblo es la voz de Dios”, porque la multitud alborotada “siempre roza la locura”. Sin duda, una observación visionaria sobre lo que se ha visto en la época contemporánea y ahí tienen los casos innegables (otra vez, tres arquetipos): Hitler, Mussolini y Stalin…
El ‘mesías’ toca a la puerta
El mesianismo populista es fácil de identificar en Donald Trump, que se presenta como el ‘salvador’ de una nación a punto del colapso moral, político y económico. Él y sus seguidores han hecho una reinterpretación del ‘Destino manifiesto’, creando una imagen de Trump como un elegido de Dios para lograr que Estados Unidos sea grande otra vez, alguien que, “al venir de afuera del sistema”, no pertenece a las “élites corruptas y traidoras”, y puede señalarlas y combatirlas. El liderazgo de Trump no es la representación de una ideología, sino la encarnación de un pueblo que es “rescatado de las garras” de sus enemigos que no están afuera, sino adentro: globalismo, inmigración, progresismo, instituciones corruptas…
El trumpismo es una mezcla de teorías apocalípticas y de la conspiración con interpretaciones místicas propias de las corrientes evangélicas. Pero no recurren a los postulados doctrinales evangélicos, sino al uso político de su cosmovisión apocalíptica…
Esto choca con la vida disipada de Trump, sus vínculos con Jeffrey Epstein y su gusto por las mujeres exuberantes y de la vida alegre y galante. Tal vez pensando en ello, algunos predicadores evangélicos prefieren presentarlo como un rey al estilo de Ciro, que ha sido escogido por Dios para salvar a su pueblo: Estados Unidos…
En Eurasia, Vladimir Putin gusta de ser visto como el “restaurador del alma rusa” y de la ‘Tercera Roma’ frente a un Occidente corrompido, que caerá irremediablemente y que incluye a la Iglesia Católica. Uno de los sueños dorados de Vladimir consiste en unir geopolíticamente el Logos y el Ethos en Moscú, siendo la Iglesia Ortodoxa Rusa la ‘nueva Roma’ que encabezará a la Cristiandad en el siglo XXI. Desde este punto de vista, es un intento por rescatar una visión del mundo cristiano ya superada. El putinismo es un proyecto de restauración de un pasado perdido: el imperio ruso y los valores cristianos ortodoxos, una civilización heredera de Bizancio y del cristianismo ortodoxo, y, por ende, sagrada…
¿Quiénes son los enemigos de la civilización liderada por Putin? Occidente, la OTAN, el globalismo, la ideología LGBT, entre otros. Hay coincidencia en varios puntos con Donald Trump, lo que no significa que necesariamente se vayan a entender…
Por el aislamiento derivado de la invasión a Ucrania, Rusia presenta una situación distinta a la del resto del mundo: la mayoría de los rusos ve la televisión como principal medio de comunicación e información. Por eso, tiene un alto contenido geopolítico alternado con magos, profetas y psíquicos. Tal es el caso del teniente general Alexei Savin, que se dice exintegrante de la inteligencia soviética. Savin impulsa el culto a la personalidad de Putin, donde se cruzan la propaganda oficial con el ocultismo, la magia y la adivinación. El checheno Aizen cree que Rusia es el verdadero ‘Mesías’. El Mesías esperado no sería una persona, sino un pueblo: Rusia y los rusos que lucha contra ‘el mal satánico’. Mezclan lo anterior con las ‘profecías’ de Nostradamus, Vanga, Messing y Zosima…
Agreguen los pronunciamientos de Dugin (y sus nexos con el ocultismo y con círculos afectos al satanismo) y las excentricidades de Dmitri Médvedev, creyente de la brujería y el ocultismo, para darse una idea de la mixtura del proyecto ruso…
¿Es Xi Jinping un ‘jugador externo’?
Lo anterior podría llevarnos a pensar que Xi Jinping es un ‘jugador externo’, puesto que se declara ateo y no habla en un lenguaje que remonte a una religión. Sin embargo, tiene una visión del Partido Comunista Chino que raya en lo místico: es el portador del destino histórico de China y sólo él y el Partido pueden evitar el desplome nacional. Cada vez que Xi Jinping se refiere al posible colapso chino, lo hace en función de la balcanización: perder Hong Kong, Taiwán y Xinjiang. Claro que el epicentro del ‘apocalipsis según Xi Jinping’ sería dejarse colonizar por ‘los valores occidentales’. Es un populismo mesiánico enfundado en el traje del nacionalismo tecnológico, ni más ni menos…
Pese al ateísmo del PCCh, pululan en su interior el confucionismo, el marxismo y el nacionalismo histórico, en cuya plataforma se apoya la creencia en un inminente ‘choque de civilizaciones’ (proveniente de Huntington, sin duda), el llamado ‘siglo de la humillación’ y la tesis del ‘gran rejuvenecimiento de la nación china’…
El concepto de la lucha entre el bien y el mal, parte de una reinterpretación del ying y del yang, que, hacia adentro, consolidarían la armonía, pero, hacia afuera, frente a sus adversarios, regiría la confrontación maniquea…
Lo que ha ocurrido aquí ha sido una mezcla entre tradiciones locales e influencias cristianas protestantes, en el marco de un ateísmo militante. En su momento, el cristianismo fue considerado como una avanzada de Occidente, del extranjero, idea reforzada por la jerarquía de mando de la Iglesia Católica, a la cual el PCCh busca siempre dominar…
Paradójicamente, el PCCh tiene una fuerte raíz evangélica, no reconocida tal cual. En sus orígenes, personajes como Li Dazhao y Chen Duxiu, cofundadores del Partido, tuvieron una fuerte influencia de las ideas evangélicas y de sus instituciones educativas. El propio Mao-Tse-Tung registra antecedentes similares y lo mismo podemos decir de Wang Ming (uno de los primeros líderes de la llamada ‘facción de Moscú’). De por sí, el marxismo posee una impronta pseudomesiánica…
En busca del verdadero Rey y del verdadero Reino
Volvemos a la pregunta inicial: ¿Qué es lo que está en juego? Seamos más precisos en la respuesta. Desde la Edad Media fueron emergiendo una serie de leyendas cuyo origen fue el peligro musulmán y las cruzadas para recuperar Tierra Santa (el Preste Juan, el Gran Khan), mismas que pasaron a la Modernidad, acompañadas por una creciente secularización que las reinterpretó y desvirtuó, agregándose la ruptura del Logos y el Ethos que hemos mencionado. Estos asuntos no resueltos han afectado al mundo y llegado hasta el pleno siglo XXI, insertándose en las principales visiones geopolíticas, empezando por las relativas a Eurasia…
En el Medioevo, se pensó que, justo cuando más se le necesitase, llegaría un rey cristiano para salvar a la Cristiandad. Unos, lo ubicaron en los confines de Asia, entre chinos y mongoles. Otros, en la India o en el Medio Oriente. Una tercera creencia, sostuvo que se trataba de Etiopía. En plena exploración, evangelización y conquista de América, no faltaron los que pensaron que el reino perdido estaba en las nuevas tierras…
¿Cuál es el plan del juego en el siglo XXI? Siglos después, Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping, cada uno con sus particularidades, se nos presentan como los ‘salvadores’ de una Humanidad a punto de caer en el abismo, Detrás de la geopolítica global se esconde una ‘teología de lo geopolítico’ y el Papa León XIV parece entenderla muy bien. Sabe que no existe en la Tierra tal reino de salvación, sino que proviene de ‘otro mundo’. No vendrá un rey de ninguno de los bordes geopolíticos. Ni de Rusia, ni de China, ni de América, ni de ninguna otra parte intramundana…
No hay más mesías que el Dios hecho Hombre, verdadero Logos y Ethos perfectos, en unidad con Su Misericordia y Caridad. Lo otro, es una elaboración ideológica expresada en términos geopolíticos, no necesariamente hecha con mala intención, pero que debemos desenmascarar y neutralizar…
Aquí se insertan los llamados del Papa a no dividir la vida humana entre la realidad de los hechos y la realidad virtual. Ambas forman parte de la realidad humana en su totalidad. Ninguna de las dos debe sustituir a la otra ni confundirse entre sí, porque, como lo abordamos en nuestra antepenúltima entrega, orquestado o no, está en proceso una falsificación de Dios mediante las formidables conquistas tecnológicas. En este sentido, el mundo oscila entre lo maravilloso y lo divino…
Lo primero es una ilusión; lo segundo, no…
Hasta entonces…
