CONfines Políticos
4 de agosto de 2025
Correspondencia: confinespoliticos@gmail.com
¿Qué se puede decir de la Guerra Cristera, ahora que nos encaminamos a conmemorar su centenario? No caben las respuestas fáciles o simplistas. Fue un acontecimiento complejo, con muchas aristas y claroscuros que no pueden ser abarcados fácilmente a la hora de sopesarlo. Sin duda, puede ser considerado como el desenlace de una confrontación que arrancó con la Constitución de 1857, luego de que la Iglesia Católica rechazara establecer una relación con el régimen liberal basada en lo que fuera el patronato regio, mismo que, luego, se extendió a América como patronato indiano. Sí, leyeron bien. Hasta la propia trayectoria de Benito Juárez rumbo el poder, indica que deseaba convertirse en ‘protector’ de la Iglesia al más puro estilo monárquico. Pero su propósito era improcedente: Benito no era rey o al menos ese no era su cargo oficial…
Don Benito quería ser rey
Con el patronato regio, los monarcas de España y Portugal adquirieron el derecho a representar y tener bajo su mando a la Iglesia dentro de sus territorios. Cuando se inició la evangelización de las nuevas tierras, el patronato se convirtió en el mecanismo idóneo para facilitarla, con las obvias confusiones generadas a raíz de no existir linderos claros entre el ámbito civil y el eclesiástico. Aunque existen antecedentes más remotos, se pueden considerar las bulas alejandrinas como el origen del patronato regio, a través de las cuales los monarcas tuvieron derecho a presentar las propuestas para determinados cargos eclesiásticos (sobre todo los obispales), a organizar la Iglesia, cobrar el diezmo y evangelizar, entre otras cosas…
Pues todo eso pretendía Don Benito sin tener ceñida corona alguna y, claro, al no ser complacido quedó atrapado entre su disgusto y los embates de los liberales más radicales que ansiaban someter a la Iglesia. Dicho de otro modo: la Constitución mencionada y las Leyes de Reforma que le siguieron después, cuando Juárez ya era presidente, fueron la versión laicista y abusiva del proyecto insatisfecho, con el lógico malestar de los católicos en general. Eso de que el gobierno liberal quería la separación entre la Iglesia y el Estado, no pasa de ser un mal chiste. Basta revisar la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma para comprobarlo…
¿Por qué la Iglesia no aceptó la propuesta liberal? Porque el patronato regio terminó en América al ocurrir las guerras de independencia y quedó vigente solo para España. ¿Por qué estaban tan interesados en el tema los gobiernos liberales que fueron emergiendo? Por su deseo de mantener controlada a la Iglesia. La versión como patronato indiano incluía más facultades al poder civil que el patronato regio original. Eso era lo que anhelaban conservar las facciones anticlericales y, al radicalizarse el siguiente gobierno, encabezado por Sebastián Lerdo de Tejada, sobrevino la lucha armada, especialmente en el Bajío…
‘La Cristeriada’ fue la primera guerra
No se trataba solo de líderes otrora conservadores asumiendo la defensa de la Iglesia y que llevaban cierto tiempo de confrontaciones callejeras con los miembros de tal o cual logia masónica. También se sumaron liberales en desacuerdo con la facción extremista de su propio bando. En liberales y conservadores había una mezcla confusa entre lo político y lo religioso. En medio, algunos sacerdotes y religiosos “navegaban en dos aguas”: en secreto militaban en la masonería, como fue el caso del que, más tarde, sería conocido como ‘El Patriarca Pérez’, un presbítero afecto al ocultismo…
Ciertamente, algunas disposiciones eran benéficas, pero incluían otras propias de la ideología laicista (que no laica), a cuyo fracaso asistimos hoy que campea la violencia delictiva, la corrupción y la impunidad…
Se dice que, en ocasiones, son tus adversarios los que te definen y ahora no fue la excepción. Pronto, los liberales comenzaron a referirse al movimiento alzado en armas como ‘La Cristeriada’, sobre todo el general Mariano Escobedo, quien entendió que haberles llamado al principio: ‘religioneros’ no daba en el blanco. Se trataba de gente que, en su mayoría, eran devotos del Sagrado Corazón de Jesús, lo que en aquel momento incluía la firme creencia en la soberanía de Jesucristo por encima de cualquier otra. Tal vez nadie en el siglo XIX fue tan certero como Mariano Escobedo al denominar así al movimiento…
Aunque se trató de un asunto focalizado, nos ha dejado una enseñanza invaluable: La Cristeriada no triunfó en el terreno de las armas propiamente, sino en el de la política, al saber jugar bien sus cartas en el momento exacto. Al cundir las fracturas entre los liberales, por la intransigencia de Lerdo de Tejada, pactaron con el que mejor garantizaba la unificación: Porfirio Diaz…
En la caída de Sebastián Lerdo de Tejada intervinieron varios factores, uno de ellos fue La Cristeriada. Se dice que el trato que Porfirio Díaz tuvo con la Iglesia obedeció al pragmatismo del que pronto se convertiría en dictador, pero eso no es del todo cierto. Detrás de la cordialidad estaba la simpatía mutua con el arzobispo Primado de México, pero igualmente aquel acuerdo que con tan buen tino supieron hacer los que enarbolaron la bandera de lo que fue ‘la primera guerra cristera’…
Los cristeros de 1929, no tuvieron la misma oportunidad. Para algunos, las balas que mataron a Álvaro Obregón acabaron con la posibilidad de una ruptura entre las facciones revolucionarias que quizás habría obligado a Plutarco Elías Calles a pactar y posiblemente al mismo Obregón. La habilidad con la que actuó Calles, luego de la muerte de Obregón, hicieron el resto y las cosas terminaron como terminaron…
Las interpretaciones sobre la Cristiada
La Guerra Cristera ha sido interpretada de diferentes maneras. Para la extrema izquierda, se trató de un ariete de la jerarquía católica, desesperada por mantener sus privilegios. Para la izquierda intelectual, se trató de un acontecimiento emanado de la religiosidad popular que tomó las armas en defensa de su fe, mismo que fue abandonado a su suerte por parte de ciertos obispos a la hora de finiquitarla. Otros, adjudican la responsabilidad del conflicto armado a la intransigencia de un sector de los obispos en consonancia con laicos, igualmente intransigentes, que militaban en organizaciones secretas de la época. En una especie de punto medio, está la opinión de los que creen que hubo una imprudencia por parte de uno de los obispos, sin mala fe, al introducir de último momento algunos aspectos ajenos a la negociación, que debieron ser tratados en otro acuerdo y que, por ende, no fueron asentados por escrito…
Si lo vemos bien, son los extremos del principio y el final del conflicto religioso…
No pretendo resolver el tema aquí, pero sí decirles, en cuanto al origen, que debemos considerar varios elementos de juicio. Dentro de la Iglesia hubo posturas de confrontación muy beligerantes, por intransigencia, por temperamentos y hasta por interpretaciones apocalípticas del momento histórico. Pero enfrente tenían a un verdadero fanático de la ideología laicista, de talante anticristiano, que abrevaba en las fuentes del ocultismo, la brujería y el espiritismo. Ese era Calles, antecedido en el poder por un fanático pragmático como Obregón, vinculado a las vertientes castrenses del carrancismo anticlerical, cuyo retorno a la presidencia estaba pactado de antemano. Ambos, pero especialmente el primero, tenían por seguidores a gente igualmente fanática, dispuesta a eliminar a quien sea por la vía rápida…
El conflicto por el poder entre los dos caudillos era cuestión de tiempo y quizás eso habría fracturado a los revolucionarios y empujado a un desenlace distinto en el tema cristero. Álvaro Obregón lo entendió y eso explica su cambio de actitud ante la Iglesia y sus señales favorables a un acuerdo, pero lo ocurrido en La Bombilla cambió el panorama. Calles se convirtió en el dueño absoluto del poder y la guerra se prolongó hasta 1929…
¿Organizaciones secretas en pugna?
¿Fueron culpables del resultado los católicos que organizaron el crimen de Obregón? Es una pregunta difícil de responder. Por un lado, no procede culpar a la organización secreta de ‘La U’, pese a la militancia de casi todos los que intervinieron. Al interior de ‘La U’ había un forcejeo entre dos polos de mando y ‘la acción directa’ fue orquestada por uno de los dos. Este jaloneo se proyectó hasta la misma Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. Como se puede ver en el curso de los acontecimientos, más adelante los polos en disputa terminaron en ruptura, dando origen a otras organizaciones años después, pero de corte distinto…
Asimismo, tampoco debemos ignorar la presencia en el entorno de una sociedad secreta liderada por Luis N. Morones, ni las labores de inteligencia y espionaje, dirigidas desde la Secretaría de Gobernación. Los hilos alrededor de José de León Toral conducen a ‘La U’ y a la Liga, claro, pero también a Gobernación y al tinglado manejado por Morones, y detrás de ambas cosas estaba Calles. Hasta el que le dio el arma a José de León Toral tenía nexos con la CROM…
Considerando que los católicos de entonces estaban organizados en tres grandes vertientes: los promotores de la Doctrina Social de la Iglesia, los partidarios de la participación política y los que hoy podríamos llamar ‘integristas’, la acción fanática de Obregón y, sobre todo, de Calles, fueron encapsulando a las dos primeras y, al no haber ‘válvulas de presión’ habilitadas, el malestar católico se encauzó en el tercero, de donde brotaron la mayoría de los líderes cristeros y de las asociaciones seglares…
En otro plano, está la participación de los jóvenes en agrupaciones como la ACJM y el innegable papel de las mujeres, tanto en los pueblos y ciudades como en el mismo frente de batalla y en las organizaciones secretas…
¿Qué se estaba negociando?
Aquí me voy a permitir aclarar un punto crucial que ha sido malinterpretado por la mayoría de los que opinan sobre el tema. En 1929 no se estaba negociando el fin de la guerra, entiéndanlo de una vez por todas. Los llamados ‘arreglos’ eran para lograr dos objetivos: el retorno de los obispos y la reanudación del culto católico, nada más. Cualquier otro asunto, debía se tratado en un plano distinto. Sobre la marcha, llegó el P. Edmund A. Walsh, S. J., presentándose públicamente como un enviado del Papa para negociar, lo que generó confusión, porque se suponía que los representantes oficiales de la Iglesia eran los que se estaban reuniendo con el presidente Emilio Portes Gil. La negociación original se estaba efectuando de manera exitosa y la aparición de un ‘negociador externo’ estuvo a punto de echar a perder lo avanzado, al grado de tener los obispos negociadores que desmentirlo…
El P. Walsh convenció al diplomático chileno Miguel Cruchaga de la necesidad de introducir en la negociación dos puntos que faltaban de los ordenados por el Papa: la amnistía a los cristeros y la devolución de las propiedades de la Iglesia. Lograron que monseñor Leopoldo Ruiz y Flores se hiciera eco del objetivo y, pese a que monseñor Pietro Fumasoni-Biondi, en su calidad de delegado Apostólico en Washington, le dijo por teléfono al obispo de Morelia que no se debían introducir elementos nuevos o ajenos a lo tratado, convencieron al embajador estadounidense Dwight Morrow de pactar una última cita con el presidente. ¿Qué estaba pasando? ¿Imprudencia? ¿Deseos de quedar bien con el Papa o de figurar? Tal vez un poco de todo…
El 21 de junio de 1929, monseñor Ruiz y Flores (en su calidad de delegado Apostólico) y monseñor Pascual Díaz Barreto, obispo de Tabasco, se reunieron con Emilio Portes Gil. Fue ahí cuando Ruiz y Flores le hizo saber al presidente los dos puntos que faltaban. Estaban presentes: Emilio Portes Gil y Felipe Canales (encargado de Gobernación), por parte del Ejecutivo y los dos obispos mencionados. Pese a que el presidente giró las órdenes pertinentes a través de Canales, dichos puntos quedaron fuera de lo acordado, solamente de palabra y el gobierno incumplió…
Es verdad que lo ocurrido no se puede catalogar como ‘traición’ por parte de los eclesiásticos, pero la imprudencia, de un lado y la falta de honor, del otro, sellaron trágicamente el desenlace de los cristeros para siempre…
Cuatro días después, monseñor Pascual Díaz fue designado arzobispo de México, recibiendo el Palio arzobispal el 17 de septiembre de 1929. Si hubieran desobedecido al Papa, monseñor Díaz jamás habría llegado al Arzobispado. Sin embargo, no deja de percibirse un ambiente triste en torno al resultado…
¿Cuál fue el papel de Dwight Morrow? ¿Organizó una estratagema en la que cayeron los eclesiásticos? Quizás debemos tener presente que fueron el P. Walsh y Cruchaga los que le pidieron a Morrow su intervención para lograr una reunión adicional con Portes Gil, no a la inversa…
Política y militarmente hablando, la Guerra Cristera terminó en impotencia y frustración. Pero, desde el punto de vista de la fe, ha dado muchos frutos. ¿Qué habría pasado si la Cristiada hubiera tenido un escenario como el de la Cristeriada en el siglo XIX? Sin duda, habría sido un éxito rotundo, pero, para ello, Obregón no debió morir en La Bombilla, ni Anacleto González Flores en Guadalajara, ni el general Enrique Gorostieta en Atotonilco el Alto, Jalisco…
A casi cien años de distancia, quizás debamos preguntarnos si Dios, que “teje la Historia con la libertad de los hombres” (Giambattista Vico), quería mártires y no héroes…
Hasta entonces…
