A veces se impone la hoja en blanco. Hay imágenes en la cabeza, ideas que parecen levantar la mano para ser llevadas al texto. Corren apresurados los minutos y sigue ahí el espectro de la hoja en blanco. La inspiración por más que se la evoque no aparece, no hay chispa que la encienda, voces que la llamen y la blancura sigue inmutable. Lo relevante de la realidad, ante tal ausencia, parece diluirse. ¿Qué tema plantear y poner por escrito para que sea visible? ¿Político, social, cultural, filosófico? Sigue ahí la hoja.
La mente parece bullir, los dedos se tensan como si estuvieran listos, pero el conecte sigue sin llegar. ¿Qué pasa, cuál es el problema? Lo que parece tan sencillo para alguien que lleva buen rato escribiendo, se torna complejo. ¿Qué quieres decir, plantear, reflexionar?, me pregunto. La mente parece insinuar, los dedos se tensan… ¡Vamos, vamos… ya! Pero la primera palabra aún tarda, aunque pareciera asomarse. ¡Vamos, inicia, a ver qué pasa! La hoja en blanco se mueve. Surge la primera palabra.
No evoca los asuntos político-electorales, con todo y lo desatados que éstos están, ni las pifias del régimen que se empeña en mantenerse así, tanto a nivel federal como local, ni el despliegue publicitario en favor de la chica boxeadora a la que han vendido la idea de que puede presidir el ayuntamiento de la cuarta ciudad más relevante del país. No, no evoca esas estulticias, sino el texto o, mejor dicho, una parte de él, de M. Foucault sobre lo que aporta la filosofía a la sociedad con sus diagnósticos (1).
Antes de tomar camino, sin embargo, aparece otro texto evocador, éste de Ortega, de la trama del acontecer histórico (2). Para éste, la política y la economía es como la epidermis; en cambio, el sentido vital de una sociedad es mucho más hondo y sustancial de una sociedad y de una época. Quizá no sólo es la dermis de dicho acontecer, sino la vertebración misma de músculos y huesos del cuerpo de una sociedad. Pues para entender ese sentido vital se requiere de la filosofía.
Mas la filosofía no se da en abstracto. Si hay filosofía es porque hay algunas personas que se dedican a esa actividad, son los filósofos y filósofas que hacen y construyen lo que se llama filosofía. La hacen diciendo y escribiendo, dando clases, exponiendo, explicando, tanto en el aula como en los textos, en sus publicaciones. En todo ello, el habla, el lenguaje, se traduce en un discurso, el discurso filosófico. Muy distinto del discurso cotidiano, del científico, del literario y del religioso. He ahí el filosofar.
Aunque he compartido un par de artículos sobre el discurso filosófico y el literario, vale la pena recordar que todo discurso se sostiene, según Foucault, en el trípode: sujeto-aquí-ahora, o un yo-aquí-en este momento, es decir, alguien que habla o dice, un espacio y un tiempo. En el discurso cotidiano, el sentido del ahora se agota en el aquí, se consuma en el momento con palabras y gestos, se vacía en éstos. En cambio, en el discurso filosófico ese ahora mantiene abierto su sentido.
El ahora del discurso científico, aunque tiene un sentido general, sin embargo, es “neutralizado”: la voz que habla no designa un sujeto, sino algo distinto; el sujeto se diluye. Desde luego, hay vínculos entre el discurso científico y el filosófico. En la discusión moderna, el discurso filosófico —que quiso ser científico— redescubrió precisamente en ese ahondamiento la necesidad del sujeto, de la voz que dice y habla en el discurso que pretende enunciar juicios verdaderos. Terminó en su propio camino.
En cuanto al discurso religioso, éste, como el filosófico, busca mediante la justificación, la interpretación, la crítica y el comentario, la verdad de sus enunciados. La exégesis religiosa pretende analizar modificaciones, simbolizaciones y figuras mediante las cuales la Verdad se manifiesta en un tiempo y lugar del mundo. Pretende mostrar el logos divino. La filosofía expone, en cambio, cómo el ahora de un discurso accede a una verdad que no depende de éste. Busca el logos del mundo.
Esta distinción es sobre todo moderna. En la antigüedad ambos discursos estaban imbricados, aunque se distinguía el discurso poético y/o retórico del filosófico. De una forma más clara quizá a partir de Aristóteles. Una de las obras juveniles, el Protréptico, ya plantea las principales cualidades de la filosofía. Ésta es valiosa en sí misma por los servicios que presta a los seres humanos, incluso para la acción: es la base segura para ésta porque le brinda los criterios con los cuales puede conducirse (3).
La filosofía, así, se vuelve el ideal de la vida auténticamente humana: Pensar, que es la principal prerrogativa del ser humano. Éste, por el pensamiento, resuelve los problemas de la vida, se pone con comunidad con sus semejantes, se ordena a sí mismo sometiendo lo inferior a lo superior y, sobre todo, realiza su esencia que es alcanzar la verdad, el bien, la belleza y la justicia. Entendiendo y contemplando esto, alcanza y realiza su felicidad, no sólo en lo personal, sino en amistad con los demás.
No es fácil ese ideal, y no es cosa de este mundo y esta vida. El propio Aristóteles lo propuso. Pero la relevancia de la filosofía para los asuntos de esta vida es insoslayable, tanto para pulsar el sentido vital de la sociedad como para diagnosticar nuestro tiempo, con sus luces y sombras. Así, aunque la inspiración a veces no arriba a tiempo, los caminos del texto, arrancada la primera palabra, nos llevan de una u otra forma a los cauces de la filosofía, que nos permite mirar el fondo de las cosas.
Notas
1. Michel Foucaul, El discurso filosófico, Siglo XXI, México 2025, p. 103ss.
2. José Ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo, I La idea de las generaciones, en Obras completas, Tomo III (1917-1925), Fundación Ortega y Gasset/ Taurus, Madrid, 2ª ed. 2005, pp. 561-565.
3. Giovanni Reale, Introducción a Aristóteles, Herder, Barcelona 1985, p. 20ss.
