Manuel Díaz Cid, un amigo perdurable
Los amigos no se conocen sin otros amigos. Solemos conocer a los amigos mediante otros amigos; raramente tenemos grandes amistades de forma solitaria. La amistad tiene esa vitalidad de ensancharse, aunque es muy cierto, los amigos verdaderos suelen ser pocos. Por eso son un gran tesoro. Conocí a Manuel Díaz Cid en 1988, en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP), a través de Pablo Castellanos; éste me había invitado a un proyecto de investigaciones humanísticas.
Con ese proyecto nacía el Instituto de Investigaciones Humanísticas de la UPAEP; habría tres líneas de investigación: 1) Filosofía, encabezada por el propio Pablo Castellanos; 2) Política, liderada por Manuel Díaz Cid; y 3) Derecho, a cuya cabeza estaría José Antonio Arrubarrena. Pablo me dio la opción de elegir alguna de esas áreas. “Filosofía —pensé— siempre la voy a tener; derecho requiere tecnicismos que ahora no tengo”. —Me gustaría trabajar con don Manuel —le dije a Pablo.
Yo ya había escuchado hablar sobre don Manuel. Nunca tomé clases con él —sí con Pablo Castellanos y también con José Antonio Arrubarrena—, pero le había escuchado conferencias de diversa índole, particularmente sus análisis de los informes presidenciales. Pablo me advirtió: “A Manuel no le gusta que le dejen a medias el trabajo; tampoco le gusta trabajar con personas ideologizadas”. Con todo y estas advertencias, mantuve mi ánimo y mi confianza para emprender la tarea recibida.
Cuando llegó el momento del encuentro con Díaz Cid, llegué tranquilo, seguramente como todo un novato. Yo contaba con 22 años, don Manuel con 49. Entré a su oficina, después de que una persona salió. Lo primero que percibí fue su mirada intensa y tranquila, su apretón de mano. Platicamos del proyecto: La influencia de las sociedades de pensamiento en las gestas de independencia de los pueblos hispanoamericanos; comenzaríamos con el Cono Sur; después México.
Yo estudiaba los últimos semestres de filosofía; mi horario estaba copado. De 7 a 10 de la mañana, daba yo clases en la prepa UPAEP (lógica y ética, según el semestre); entraba a trabajar en el proyecto de don Manuel de 10 a 14 hrs.; salía yo a comer y regresaba por la tarde a tomar clases de filosofía, de 16 a 20 hrs. Me iba a la habitación que rentaba, cenaba cualquier cosa y estudiaba las materias de la carrera y preparaba mis clases de la mañana. En esos años, además, me levantaba a las 5 am a trotar.
Las cuatro horas de trabajo en el proyecto fueron dando resultados. Yo veía a don Manuel una vez a la semana. Nos sentábamos, él me platicaba cómo veía las ideas que animaban a los próceres de la independencia, a partir de las sociedades de pensamiento, se iban concretando en la formación de grupos políticos, ejércitos, redes de simpatizantes —una clase realmente—; yo tomaba nota. Al final le decía yo: “Don Manuel, de todo lo que me ha dicho, ¿dónde lo busco, en qué textos, documentos o libros viene? Entonces me entregaba un paquete de libros: “Aquí viene”.
Entonces, durante la semana, yo iba leyendo los libros e iba re-armando el texto de su charla, buscando en los libros lo que él me había comentado, recortando o ampliando según iba yo confrontando con las fuentes bibliográficas. En 1990 terminé la carrera y pude dedicarme de tiempo completo al proyecto en la misma universidad. En 1992, prologado por Carlos Alvear Acevedo, apareció el primer texto de esa investigación: Ilustración e Independencia en Hispanoamérica; el segundo, se publicó en 1994.
En esos años, además, don Manuel comenzó a invitarme a sus análisis políticos semanales en el Instituto Motolinía; después a otros análisis sociales e históricos con un grupo de amigos suyos contemporáneos; más tarde a su casa, con dos o tres amigos más, entre ellos el propio Pablo Castellanos —antes de que emigrara a Querétaro— y Jorge Navarro. Ahí don Manuel planteó los encuentros de centros de cultura que, luego, la UPAEP organizó. Compartía incluso sus pensamientos íntimos.
Logramos una amistad intergeneracional. Yo pertenecía cuando lo conocí a la generación en formación; él pertenecía a la generación que tomaba las decisiones (según la teoría de las generaciones de Ortega y Gasset). Como todo joven, yo quería “comerme” al mundo. Él, con la madurez a cuestas, me tenía paciencia y sabía lo que, por su experiencia, podría ayudarme en mi formación y para mi madurez ulterior. Me dio su confianza y me abrió las puertas no sólo de su casa, sino de su interioridad.
Una de sus convicciones sobre la auténtica tradición era no quedarse con las cenizas del pasado, sino saber transmitir el fuego del ideal. Él lo supo hacer al repensar su pasado, criticarlo, valorarlo y tomar el presente para encarar el futuro. Reconoció sus errores de juventud, se acercó a sus antiguos adversarios y los reconoció en sus personas y en sus aportaciones a la sociedad, no para abdicar de sus principios, sino para mantener el fuego de sus ideales: los que no piensan como uno, son respetables.
Una entrevista que resume quién fue don Manuel es la de La jungla de Mariano (1). Ahí comenta la música que le gusta, lo que es más valioso para él en la vida, el horizonte del final y el epitafio que escribiría —y finalmente escribió—: “Aquí yace un soñador”. Toda su vida lo fue, como dice ahí mismo. Y sí, fue un soñador que vio alguno de sus sueños realizarse. Sobre México comentó: “A mí lo que me procupa es la apatía de los sectores sociales”. Pese a ello su confianza en que México tiene remedio es clara.
En una de las últimas charlas que tuve con él, don Manuel planteaba dos temas: el de los grupos marginales (como el papa Francisco: las periferias) y el de las redes. Pero no las llamadas redes sociales, sino las redes de vínculos humanos, personales, comunitarios, de pequeños grupos de amigos, conocidos, vecinos, de estudio, y desde ahí la promoción de la participación social, política, cultural, etc. Y sí, a México le faltan vínculos significativos, afectivos, de convivencia, de proyectos comunes; le falta tejido social. Así la apatía y la polarización no nos dividirán. Ese es el fuego del ideal.
Nota
La última clase de don Manuel, La Jungla de Mariano, 22/ene/2018:
