El hombre empieza donde muere.
O. Paz
Voy a mi nacimiento.
Obras completas 11, FCE, p. 187.
La semana pasada se reunieron en Querétaro rectores, rectoras y representantes de la región México, Centroamérica y el Caribe de la Organización de Universidades Católicas de América Latina y el Caribe (ODUCAL). El propósito fue discernir sobre la crisis antropológica y cultural contemporánea y la reconstrucción sociocultural que requiere nuestro tiempo, así como sobre el pensamiento cristiano y el futuro de América Latina. La sede fue el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).
No voy a hacer una reseña del evento, sino a compartir algunos apuntes sobre el problema antropológico de nuestro tiempo. Se trata de una crisis con doble dimensión; por un lado, expresa la época que la vive, con sus características peculiares de polarización extrema en los diversos ámbitos de la actividad humana, donde el otro es un enemigo; por otro lado, afecta a la vida personal y sus diversos ámbitos: espiritual, psicológico, emotivo, relacional y físico. La sociedad y el individuo sufren tal crisis.
M. F. Sciacca, al estudiar a Dostoievski y sus intuiciones antropológicas, señala cómo cada uno de nosotros, en primera instancia, es “una pulsación de la trágica lucha interior del hombre que combate entre la aspiración a los más altos niveles del espíritu y el mal que le rechaza hacia los abismos profundos.” (1) La pregunta justamente podría ser esta: ¿Qué es lo que hace que una persona no se libre de la atracción del abismo? ¿Qué es lo que impide que alguien se despliegue y se eleve sobre sí mismo?
Es cierto que ha habido épocas y tiempos donde se han impuesto sobre la mentalidad de las personas criterios más sociales y de poder que criterios de verdad y autenticidad. Kierkegaard, en su tiempo, denunciaba como tal la imposición de la filosofía sistemática, de la “milagrosa razón” que todo lo resuelve y lo arregla (refiriéndose a Hegel y su posterior influencia). Para el propio Dostoievski era la misma sociedad y su orden constituido, con sus instituciones y jerarquías, tradiciones y costumbres, y la inviolabilidad de sus reglas, la que condenaba inexorablemente a quien no se adaptara a ella (2).
Nuestro tiempo, en este primer cuarto de siglo XXI, tiene dinámicas diversas que están muy lejos del siglo XIX, donde, en efecto, la sociedad parecía imponerse con sus reglas. Hoy, dicha sociedad está fragmentada, polarizada, excluida de las decisiones que le afectan, tanto en lo político, como en lo económico. Sin embargo, el juicio de Dostoievski tiene relevancia en el presente porque, aun excluida, la sociedad no logra articular un tejido social sano como ideal de unidad y fraternidad humanas.
Los ideales de la sociedad de poder, dinero, fama y prestigio, por momentos siguen siendo los de hace dos siglos, solo que revueltos con polarizaciones de diversa índole, ya religiosas, ya políticas, ya sociales o culturales. Además, la violencia, el tráfico de personas, armas, estupefacientes agravan la situación. Y con algo más grave: La inteligencia artificial (IA) que, en manos de pocos, exige una seria revisión para desarmarla. El reto es resguardar lo humano, como ha sugerido León XIV (3).
El humanismo moderno tiene ya algunos siglos de conformación y hoy está mostrando sus diversas caras, algunas trágicas y, curiosamente, deshumanizantes. Una de esas venas se expresó en el pensamiento de Feuerbach: homo homini Deus (el hombre es Dios para el hombre). La sabiduría, el querer, la justicia y el amor, todas estas cualidades le pertenecen por esencia al hombre, pero le afectan como si fueran de otro ser. El ser humano ha sido desposeído de lo que le pertenece. Debe, por tanto, recobrarlo.
Otro pensador que sigue en ese horizonte es Nietzsche. Para éste el ser humano tiene un aspecto ordinario: lo piadoso y lo débil; pero está llamado a su otro aspecto, más bien raro y sorprendente: fuerte, al grado de poder ser un “Dios”. Se trata de lo que llamó la “voluntad de poder”, que debe sobreponerse a lo religioso que hay en él, so pena de caer en la alteración de su personalidad. Junto con Feuerbach, es uno de los pensadores que sostienen la tesis de la “ilusión de Dios”.
En un horizonte contrario, como se ha dicho, están Kierkegaard y Dostoievski. El filósofo danés vivió con profundidad su propio pensamiento, con todo y que leyó a Shopenhauer (quizá por ello mismo); una tesis central para él es el papel fundamental del sufrimiento para no dejar de ser humanos. También criticó al cristianismo de su tiempo y, especialmente, el pensamiento de Hegel. Su motivo central era encontrar un estilo de vida interior. Y es algo que puede enseñarnos: la verdad tiene lugar en lo interior.
Dostoievski, además de lo dicho arriba, sostiene que el amor a la humanidad (por tanto la fraternidad) es imposible sin inmortalidad (como se denota en Diario de un escritor). Sus héroes son creyentes, ateos, fanáticos o herejes, pero en todos ellos se da lo humano con radicalidad. Lo que quizá siempre buscó y no logró explicarse es cómo pueden reconciliarse todas esas tendencias en uno mismo. Lo narra en la contemplación del cuadro de Holbein (el Cristo muerto) por el príncipe Muchkin (4).
Todo esto sólo son atisbos de un problema mucho más complejo; la crisis antropológica contemporánea requiere empeño, trabajo arduo, diálogo en los diversos ámbitos de la actividad cotidiana: la familia, la escuela, el trabajo, la sociedad, la política. ¿Cómo hacerlo en una sociedad, en una época, tan polarizada? Una fórmula puede ser la literatura. Como dijera el papa Francisco en su Carta sobre la literatura (5): Ésta nos permite acceder al corazón de lo humano; además, a los cristianos, nos permite el diálogo con el mundo contemporáneo; y más, a través de las palabras y las letras humanas, puede revelarse la Palabra viva, en lo cotidiano de nuestra vida.
Notas
1. Michele Federico Sciacca, La filosofía hoy, vol. I, Ed. Luis Miracle, Barcelona 1961, p. 54.
2. Ídem.
3. Cf. León XIV, Magnifica humanitas, nn. 132-181.
4. Henri de Lubac, El drama del humanismo ateo, Encuentro, p. 207.
5. Francisco, Carta del Santo Padre Francisco sobre la importancia de la literatura en la formación, 2024.
