Cuando la oración derriba muros

Ante la violencia, la pobreza, la corrupción, la polarización y la desesperanza, el antiguo relato de Jericó adquiere una renovada actualidad. La oración cristiana no invita a esperar pasivamente que caigan los muros, sino a transformar primero el corazón para después comprometerse con la realidad. Con base en la experiencia de la visita de Juan…

El Sitio de Jericó, Juan Pablo II y la fuerza espiritual que precedió a un cambio histórico

Hay momentos en la historia en que los acontecimientos políticos parecen explicarse suficientemente mediante negociaciones, estrategias diplomáticas, presiones internacionales y cálculos de poder. Pero existen también episodios en los que, junto a esa historia visible, las comunidades creyentes reconocen otra dimensión: la de la oración, la esperanza y la acción espiritual de hombres y mujeres convencidos de que la historia humana permanece abierta a la acción de Dios.

La primera visita de san Juan Pablo II a Polonia, realizada del 2 al 10 de junio de 1979, puede contemplarse desde ambas perspectivas. Políticamente, significó la irrupción de una extraordinaria autoridad moral dentro del bloque soviético. Religiosamente, representó el regreso del primer Papa polaco a una nación cuya identidad cristiana había sobrevivido a guerras, ocupaciones y décadas de imposición ideológica.

Detrás de aquel acontecimiento se encuentra la historia del “Sitio de Jericó”, experiencia de oración desarrollada durante siete días y siete noches, que estuvo estrechamente vinculada con las dificultades que precedieron a la autorización del viaje pontificio.

Un Papa que quería regresar a su patria

Karol Wojtyła había sido elegido Papa el 16 de octubre de 1978. Pocas semanas después manifestó su deseo de regresar a Polonia con ocasión de las celebraciones relacionadas con san Estanislao, obispo y mártir de Cracovia. El proyecto tenía una significación religiosa evidente, pero sus implicaciones políticas eran enormes.

Polonia se encontraba bajo un régimen comunista integrado en la esfera de influencia soviética. La aparición del Papa ante millones de polacos podía recordarles algo que el sistema pretendía relegar al ámbito privado: que su identidad histórica, cultural y espiritual era mucho más antigua que el régimen que los gobernaba.

Moscú comprendió el riesgo

El historiador y diplomático Janusz Kotański, refiere que Leonid Brezhnev habría presionado al dirigente polaco Edward Gierek para impedir la visita. Según ese relato, incluso se sugirió que Wojtyła alegara una enfermedad que justificara la cancelación.

El problema, por tanto, trascendía la organización de una visita pastoral. Se enfrentaban dos concepciones del ser humano y de la sociedad. De un lado estaba un Estado que pretendía controlar buena parte de la vida pública; del otro, una Iglesia que reivindicaba la libertad de conciencia, la fe y la identidad espiritual de un pueblo. Pero mientras se desarrollaba esa batalla diplomática, comenzaba otra muy diferente.

La historia espiritual detrás del viaje

El 8 de diciembre de 1978 se recibió una revelación privada de la Virgen María. En ella se pedía realizar una oración continua durante siete días y siete noches en Częstochowa, del 1 al 7 de mayo de 1979, con la intención de remover los obstáculos que impedían el viaje del Papa y pedir abundantes frutos espirituales para su visita.

Del 1 al 7 de mayo se desarrollaron jornadas continuas de oración: celebración de la Eucaristía, adoración ante el Santísimo Sacramento, rezo del Rosario, cantos y meditaciones. La estructura de siete días y siete noches evocaba deliberadamente el episodio bíblico de Jericó.

¿Por qué llamarlo “Sitio de Jericó”?

El nombre remite al libro de Josué. Israel encuentra ante sí las murallas de Jericó, aparentemente infranqueables. La victoria no se presenta solamente como resultado de la capacidad militar del pueblo, sino de su obediencia confiada a Dios. Durante siete días rodean la ciudad y, finalmente, las murallas caen.

Trasladada al lenguaje espiritual cristiano, la imagen adquiere otra significación. Ya no se trata de destruir ciudades ni de combatir seres humanos. Los muros son ahora aquello que impide la libertad interior y la realización del bien: miedo, odio, injusticia, desesperanza, pecado, violencia, divisiones y estructuras que degradan la dignidad humana.

Anatol Kaszczuk, de la Legión de María en Polonia, vinculada con la organización de aquella experiencia, describía la oración utilizando precisamente este lenguaje de combate espiritual: “Teníamos la seguridad de que estábamos destruyendo los muros de tinieblas de Satanás y que estábamos pasando sobre las murallas del Jericó del infierno”. El testimonio refleja la convicción espiritual con que los participantes interpretaban aquellas jornadas.

La fuerza del Sitio de Jericó no residiría, por tanto, en una especie de fórmula automática para obtener favores de Dios. Entendido cristianamente, su sentido es diferente: perseverar comunitariamente ante Dios cuando los obstáculos parecen humanamente insuperables.

Cuando la oración y la historia se encuentran

Un momento particularmente significativo durante aquellos siete días, fue cuando las autoridades comunistas comunicaron al obispo auxiliar Zbigniew Kraszewski que permitirían la visita pontificia, aunque sometida a determinadas restricciones. La respuesta atribuida al obispo fue tajante: aceptar esas condiciones habría significado una humillación para la Iglesia, por lo que, bajo tales términos, el viaje no debía realizarse.

El 7 de mayo, precisamente cuando concluían las jornadas de oración, las autoridades retiraron esas restricciones. Los participantes interpretaron la coincidencia como fruto de la intercesión y de la oración realizada durante el Sitio de Jericó.

Es importante mantener aquí diferenciados dos planos. El historiador puede estudiar negociaciones, documentos diplomáticos, presiones del Kremlin, decisiones del gobierno polaco y gestiones eclesiales. El creyente, sin negar esas mediaciones humanas, puede reconocer además la Providencia. Ambas perspectivas no tienen necesariamente que excluirse.

La fe cristiana no sostiene que Dios actúe únicamente cuando desaparece la causalidad humana. Por el contrario, la Providencia puede comprenderse actuando precisamente a través de decisiones, encuentros, personas, acontecimientos y circunstancias históricas.

Por eso, preguntar si la autorización del viaje fue resultado de la diplomacia o de la oración puede plantear una falsa disyuntiva. Para una visión creyente, la oración no sustituye la responsabilidad humana; la acompaña, la ilumina y la sostiene.

San Estanislao: la conciencia frente al poder

El viaje tenía además un poderoso trasfondo simbólico: san Estanislao, obispo y mártir de Cracovia. Destaca el paralelismo entre aquel obispo medieval enfrentado al poder político y la situación de una Iglesia que, nueve siglos después, debía defender su libertad frente a un Estado totalitario. La memoria del mártir permitía proclamar una verdad profundamente cristiana: el poder político no es absoluto.

Existe una esfera de la conciencia que ningún Estado puede apropiarse. Existe una dignidad humana anterior al poder. Existen derechos que no proceden de la concesión de los gobiernos. Y existe una verdad moral frente a la cual incluso quienes gobiernan deben responder. Esta convicción convirtió la visita pastoral de Juan Pablo II en algo mucho mayor.

Cuando el Papa llegó finalmente a Polonia, millones de personas salieron a recibirlo. Aquellas multitudes descubrieron algo decisivo: eran muchos. La fe que el sistema había intentado reducir a la intimidad apareció de pronto públicamente, compartida por una nación entera.

El régimen podía controlar periódicos, instituciones, estructuras administrativas y fuerzas de seguridad. Pero encontraba enormes dificultades para controlar la conciencia de millones de personas reunidas en torno a una misma identidad espiritual.

El poder de una presencia

Por eso aquella visita fue extraordinariamente importante. Juan Pablo II no llegó encabezando un ejército. No propuso una insurrección. No llevaba un programa revolucionario en el sentido convencional. Su fuerza procedía de otro lugar: de la palabra, de la memoria histórica, de la identidad cristiana y de la capacidad de recordar a cada persona su dignidad.

Aquellos nueve días fueron una alteración profunda del equilibrio moral de la Guerra Fría. La presencia del pontífice penetró simbólicamente en el corazón del bloque soviético y recordó a los polacos que su identidad no podía quedar reducida a la definición ideológica impuesta por el Estado. Esta recuperación de la conciencia colectiva tendría consecuencias posteriores.

No sería históricamente riguroso afirmar que la visita papal, por sí sola, provocó la caída del comunismo. Intervinieron innumerables factores económicos, sociales, políticos e internacionales. Sin embargo, aquella visita se convirtió en uno de los grandes catalizadores espirituales y culturales del despertar de la sociedad polaca. Su impacto facilito el surgimiento posterior de “Solidaridad” con las transformaciones que terminarían modificando Europa oriental.

Antes de cambiar las estructuras había comenzado a cambiar la percepción que las personas tenían de sí mismas. Y quizá ahí se encuentre una de las claves más profundas del acontecimiento: los muros exteriores empiezan a debilitarse cuando primero caen los muros interiores del miedo.

El Sitio de Jericó como recurso de nuestra fe hoy

Casi medio siglo después, la historia conserva una sorprendente actualidad. También nosotros vivimos rodeados de murallas. Algunas son personales: enfermedades, rupturas familiares, adicciones, desesperanza, resentimientos, soledad o pérdida del sentido de la vida. Otras son sociales: violencia, pobreza, corrupción, polarización, guerras, exclusión, indiferencia ante el sufrimiento y debilitamiento de los vínculos comunitarios.

Ante estos muros existe la tentación de pensar que solamente cuentan los recursos materiales, políticos, económicos o tecnológicos. Todos ellos son necesarios. La fe cristiana nunca debería convertirse en pretexto para abandonar la responsabilidad concreta. Pero tampoco debería reducirse la realidad humana a aquello que puede administrarse técnicamente.

El Sitio de Jericó recuerda que existe también una dimensión espiritual de la existencia. Orar durante siete días no significa presionar mágicamente a Dios hasta conseguir aquello que deseamos. La oración cristiana no consiste en obligar a Dios a ejecutar nuestros planes. Significa colocarnos persistentemente ante Él hasta permitir que también nuestros deseos, temores y proyectos sean transformados.

Por eso, el primer muro que puede caer durante un Sitio de Jericó quizá no sea aquel que identificamos fuera de nosotros. Puede ser nuestro propio miedo. Nuestra impaciencia. Nuestro resentimiento. Nuestra incapacidad para perdonar. Nuestra resignación. Nuestra falta de confianza.

Desde esta perspectiva, el verdadero fruto de la oración no consiste únicamente en que cambien las circunstancias, sino en que cambie la persona que debe enfrentarlas.

Fe que ora y fe que actúa

La experiencia polaca ofrece otra enseñanza fundamental: oración y acción no son adversarias. Mientras unos rezaban ante el Santísimo Sacramento, otros negociaban. Mientras se rezaba el Rosario, obispos y diplomáticos defendían espacios de libertad. Mientras comunidades enteras imploraban la intervención divina, personas concretas asumían responsabilidades y riesgos.

Esta complementariedad evita dos extremos. El primero sería un espiritualismo que espera que Dios resuelva aquello que corresponde realizar al ser humano. El segundo sería un activismo autosuficiente que supone que todo depende exclusivamente de nuestras estrategias.

La tradición cristiana propone algo diferente: orar como si todo dependiera de Dios y actuar responsablemente en aquello que depende de nosotros.

El Sitio de Jericó adquiere entonces un significado particularmente fecundo. No es una fuga del mundo, sino una manera de regresar a él con mayor esperanza, discernimiento y fortaleza.

Los nuevos Jericós

La gran pregunta no consiste solamente en determinar qué ocurrió en Polonia en mayo y junio de 1979. También debemos preguntarnos qué puede decirnos aquella experiencia hoy.

Cada época levanta sus propias murallas. Algunas están construidas con ideologías. Otras con indiferencia. Algunas nacen de la violencia; otras, del individualismo. Existen murallas levantadas por la pobreza y otras producidas por la abundancia cuando esta nos vuelve incapaces de reconocer el sufrimiento ajeno.

También existen muros dentro de las comunidades cristianas: divisiones, clericalismo, indiferencia, pérdida de confianza, comodidad espiritual o incapacidad para dialogar con una sociedad que cambia aceleradamente.

Frente a ellos, la imagen de Jericó conserva su capacidad de interpelación. La respuesta cristiana no consiste en considerar enemigos a quienes están al otro lado de la muralla. El Evangelio obliga precisamente a lo contrario. El enemigo del cristiano no es la persona, sino aquello que destruye a la persona.

Por eso, nuestros Sitios de Jericó deberían dirigirse contra los muros del odio, no contra quienes piensan diferente; contra la injusticia, no contra las personas; contra la mentira, no contra quien se ha equivocado; contra la desesperanza, nunca contra quien la padece.

Cuando caen los muros

En junio de 1979 Juan Pablo II finalmente caminó por las calles de su patria. Las autoridades que habían temido aquella presencia comprobaron que algo difícil de controlar estaba ocurriendo: millones de personas recuperaban públicamente la conciencia de pertenecer a una comunidad espiritual e histórica.

Los cambios políticos tardarían todavía años. Solidaridad aparecería después. Vendrían nuevas represiones, conflictos, negociaciones y profundas transformaciones internacionales. El Muro de Berlín no caería hasta 1989.

Pero algunas murallas habían comenzado a derrumbarse mucho antes. Habían empezado a caer dentro de las personas. Ese puede ser el legado más profundo de aquella experiencia y también la razón por la cual el Sitio de Jericó continúa teniendo significado para numerosos creyentes.

La oración perseverante no garantiza que Dios realizará exactamente aquello que nosotros esperamos, en el momento y de la manera que hemos imaginado. La fe cristiana nunca ofrece semejante mecanismo. Lo que ofrece es algo quizá más profundo: la certeza de que ninguna muralla debe considerarse absolutamente definitiva.

Jericó es, en último término, una metáfora de la esperanza. Nos recuerda que existen obstáculos que parecen inexpugnables hasta que alguien se atreve a rodearlos perseverantemente; que existen poderes aparentemente invencibles hasta que las personas pierden el miedo; y que existen situaciones humanas que parecen cerradas hasta que la fe vuelve a abrir la posibilidad de un futuro.

La experiencia de Polonia en 1979 reunió precisamente esas dimensiones: oración y diplomacia, fe y responsabilidad, memoria y esperanza, espiritualidad y compromiso histórico. Quizá por ello el Sitio de Jericó conserva su fuerza como recurso de fe.

No porque proporcione una fórmula para derribar mágicamente nuestros problemas, sino porque enseña a permanecer ante ellos sin rendirse; a reconocer que la oración puede transformar primero el corazón que enfrenta la muralla; y a comprender que la verdadera fe, cuando es profunda, nunca termina encerrada en el templo. Sale al encuentro de la historia.

Y algunas veces, cuando una comunidad recupera la esperanza, los muros que parecían eternos comienzan finalmente a caer.

Te invitamos a ver el video de “Laicos en la Vida Pública” sobre el tema:

Así como la presentación:

Cuando la oración derriba muros – Google Drive

Referencias

Francisco. (2020, 3 de octubre). Fratelli tutti: Carta encíclica sobre la fraternidad y la amistad social. Santa Sede. Fratelli tutti (3 de octubre de 2020)

Juan Pablo II. (1979, junio). Peregrinación apostólica a Polonia. Santa Sede. Viaje apostólico a Polonia (2-10 de junio de 1979)

León XIV. (2026a, 15 de mayo). Magnifica humanitas: Carta encíclica. Santa Sede. Carta Encíclica de Su Santidad León XIV Magnifica Humanitas (15 de mayo de 2026)

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León XIV. (2026d, 15 de agosto). Mensaje con ocasión de la XI Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación. Santa Sede. Mensaje del Santo Padre con ocasión de la XI Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación [1 de septiembre de 2026] (15 de agosto de 2026)

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