CONfines Políticos
25 de agosto de 2025
Correspondencia: confinespoliticos@gmail.com
Los aparatos de inteligencia son un componente esencial del escenario geopolítico, sobre todo en una situación como la actual y es evidente que asistimos a una de las confrontaciones más delicadas porque está ocurriendo principalmente dentro del entramado de poder estadounidense. Como lo vimos en nuestra entrega anterior, las competencias geopolíticas tienen su origen mucho tiempo atrás y ahora no es la excepción. Asistimos al desenlace de una lucha que arrancó en los años Cincuenta, en plena Guerra Fría y no empezó en la arena geoestratégica, sino en el ámbito universitario y repercutió en el político…
Lo que ahora vemos es la puesta en marcha de un habilidoso plan para desmontar el sistema de poder globalista, cuyo desenlace no podemos asegurar en este momento. Así como la decadencia de Occidente (liderado por Inglaterra) se convirtió en la decadencia de Estados Unidos (el relevo natural), Donald Trump y los suyos han apostado por convertir el declive norteamericano en el fracaso del globalismo, a lo que se ha sumado Vladimir Putin con singular entusiasmo. De tal modo que la quiebra del globalismo no se identifique con Estados Unidos. Para entenderlo mejor, remontémonos algunas décadas al pasado…
Un ejército universitario
Más tardó en terminar la Segunda Guerra Mundial que Estados Unidos en darse cuenta de que necesitaba profesionales en diversas áreas estratégicas, empezando por la visión geopolítica que debía regir sus relaciones internacionales. El punto es que no contaban con una tradición propiamente universitaria en la materia y, en lo que subsanaban el vacío, debían formar estudiantes tomando elementos de enclaves afines (política e historia), apoyándose en profesores con interés personal en asuntos geopolíticos y desarrollar investigaciones alusivas para adquirir conocimientos y agudizar el ingenio…
Siendo un tema de especial interés para Washington y la comunidad de inteligencia, la CIA se convirtió en el factor estratégico en el mundo universitario para encaminar las investigaciones hacia lo que interesaba a los hombres del poder, ubicar a los mejores estudiantes para irlos incorporando a diversas instancias de gobierno e identificar especialistas para engrosar las filas de la Central de Inteligencia. Harvard, Columbia, el MIT, Princeton y otras más se convirtieron en los centros de pruebas y semilleros de reservas que se iban a emplear para librar una de las batallas más memorables de la Historia: la Guerra Fría…
Como es lógico suponer, los planes se desarrollaron no solamente en los institutos y centros de investigaciones de dichas universidades, sino también en el intrincado ambiente de las fraternidades y sociedades secretas universitarias que de antemano operaban entre los claustros de profesores y los estudiantes. Esto es algo que las mentes obnubiladas de los teóricos de las conspiraciones no acaban de entender: no había conspiración alguna. Era la oleada universitaria que derrotaría los soviéticos…
La historia empieza en Harvard: los duros anticomunistas
Desde mediados del siglo XX se fue formando una plantilla de profesores en Harvard que, en los Sesenta, dará origen a tres corrientes de pensamiento geopolítico con alto impacto en los pasillos del poder en Washington. Una de ellas fue la que podemos llamar: “los duros anticomunistas”, liderada sobre todo por Adam B. Ulam y Richard E. Pipes. Ambos historiadores que, pese a coincidir temáticamente, tenían profundas diferencias. Eran judíos y polacos de origen, marcados de manera diferente por la guerra, el Holocausto y el comunismo…
Ulam se convirtió en una autoridad mundial en la materia y sus libros siguen siendo lectura obligada, sobre todo: Los bolcheviques: la historia intelectual y política del triunfo del comunismo en Rusia, Expansión y coexistencia, la historia de la política exterior soviética, 1917-1967 y Stalin: el hombre y su época, sin olvidar: Entendiendo la Guerra Fría: Reflexiones personales de un historiador. El primero de sus libros que leí fue precisamente el de Stalin y me quedó claro que su visión era personal e íntima, tratando de responder a “cómo el siglo XX pudo desatar fuerzas tan terribles”, en palabras de Mary H. B. Ulam. En el fondo, era un humanista buscando las razones que llevaron a tal o cual resultado y, en el caso del comunismo, concluyó que las atrocidades y el fracaso final se explican desde la propia ideología y la élite en el poder lo sabía, pero que no quiso, no supo o no pudo corregir, lo que la llevó a la quiebra moral y al derrumbe…
Pipes es un tema distinto. En él hay una lucha a muerte con el comunismo y la Unión Soviética, lo que explica que haya sido, más tarde, director de Asuntos de Europa del Este y de la Unión Soviética en el Consejo de Seguridad Nacional durante dos años. Al contrario de Michael Karpovich, que fuera su director de tesis doctoral, Pipes no creía que la URSS fuera un “estado europeo normal”. Será a partir de 1970, que Pipes se irá adentrando en el ámbito del poder, llegando a cuestionar los análisis de la propia CIA sobre los soviéticos, sentando las bases para convencer, años más tarde, a Ronald Reagan de que el Occidente democrático terminaría derrotando a la URSS por su ideología fallida y su pretendida dominación sobre sus territorios y sus satélites. Lo interesante es que, del otro lado, el círculo de poder de Yeltsin vio en sus obras la hoja de ruta del sistema que debían desmantelar, mientras el grupo en torno a Putin se fijó en que las diferencias a las que hace alusión Pipe justifican que Rusia debe seguir un camino diferente al de Occidente y encabezar la ola autoritaria del siglo XXI…
El realismo político y el globalismo
La segunda corriente, que tendrá un efecto más profundo, fue el “realismo político”, que se convertirá en el núcleo geopolítico de lo que hoy llamamos ‘globalismo’. De entrada, tuvo una ventaja significativa respecto a la anterior de cuño histórico: sus representantes más importantes fueron Carl J. Friedrich y Robert R. Bowie, con inclinación jurídica constitucionalista, de administración pública y de gobierno…
Aunque ha caído en cierto olvido, Friedrich fue uno de los profesores investigadores más destacados que ha tenido la Universidad de Harvard. Nacido en Alemania, con frecuencia pasaba temporadas en Estados Unidos estudiando, junto con su hermano Otto. Al llegar Hitler al poder, Carl decidió nacionalizarse estadounidense y rompió comunicación con su hermano, que se convirtió en uno de los industriales más importantes del III Reich. Terminada la guerra y reestablecido el vínculo con Otto, Carl se abocó a enfrentar desde Harvard el peligro del totalitarismo soviético y, en 1948, participó activamente en la fundación del Centro de Investigación Ruso, que llegó a ser pieza clave en los planes de Washington para hacerse con geopolíticos especializados en Rusia. Es imposible narrar en este espacio todas las cosas que se hicieron, incluyendo la división de estudios europeos de Harvard, a cargo de Friedrich. Quizás baste decir que estamos hablando del hombre que formó la mente geopolítica de Zbigniew Brzezinski, con quien escribió el libro: Dictadura totalitaria y autocracia (1956) de gran éxito académico. Pese al tiempo transcurrido y que algunos aspectos sean discutibles, desde que lo leí me pareció sorprendente…
Otro de los grandes profesores cuya vida y desarrollo intelectual anticipaban lo que poco después sería el futuro, fue Bowie. Un hombre con una inteligencia profunda, aguda y vivaz. Estudió en Princeton y Harvard, y, luego de servir durante la guerra como oficial del Pentágono y en Alemania durante los acuerdos con los Aliados, se asentó en Harvard. Si alguien desea saber la importancia de Bowie, podemos empezar diciendo que asesoró a John J. McCloy, uno de los hombres de mayor confianza para varios presidentes estadounidenses, de Roosevelt a Reagan y uno de los ejes estratégicos que llevaron a ganar la Guerra Fría y a consolidar el proyecto globalista. Por su labor con McCloy en Alemania, Bowie fue galardonado y, luego de su paso por el Departamento de Estado, se convirtió en director fundador del Centro Weatherhead de Estudios Internacionales de Harvard, que se centró en las relaciones entre Estados Unidos y Europa, elemento esencial del posterior atlantismo globalista. No es fácil hablar de la vida y obra de Robert R. Bowie por sus alcances: miembro del Consejo de Relaciones Exteriores y de la Comisión Trilateral, fue el que, después de una reunión informal entre asesores, se le ocurrió filtrarle a un periodista del New York Times algunos detalles, colocando al entonces joven asesor Zbigniew Brzezinski como cabeza del encuentro. Bowie dice que lo hizo para darle al artículo del periodista un toque de misterio y lo logró. A partir de ese momento, Brzezinski se fue convirtiendo en el foco de atención de medios y publicaciones, cuyo nombre resultaba impronunciable para la mayoría de los estadounidenses…
El globalismo o el realismo pragmático de Kissinger
La tercera corriente, emparentada particularmente con la segunda, es la del ‘realismo pragmático’, representada por Henry A. Kissinger y Zbigniew K. Brzezinski, afectos a ciencias políticas y relaciones internacionales. Constituyen la vertiente más propiamente geopolítica de Harvard en aquellos años y de la cual emergerá el globalismo. Uno, alemán y el otro, polaco, emigraron a Estados Unidos con una experiencia distinta de la guerra y el totalitarismo. El primero, marcado por la impronta del totalitarismo nazi. El segundo, por el expansionismo soviético. Lo curioso es que, durante casi toda su vida, Kissinger rehuyó el tema del Holocausto, mientras que el tema soviético acompañó a Brzezinski durante toda su vida…
La actuación de Kissinger en la política internacional es amplia, compleja y discutible, pero lo innegable es la importancia que tuvo. Guerra Fría, Guerra de Vietnam, China y la URSS, son asuntos entrelazados con su biografía. Muy dado al pragmatismo y al secretismo, demostró ser un negociador muy hábil y supo ganarse la confianza de muchos de sus interlocutores. Precisamente por su perfil, gustaba de buscar puntos de coincidencia tratando de lograr lo que parecía imposible. Nació en Alemania, en el seno de una familia judía y huyó de los nazis hacia Estados Unidos. Hizo estudios contables en el City College de Nueva York y durante la guerra sirvió en el Ejército y en Contrainteligencia, algo que le apasionó. El sueño de Kissinger era ser un espía. Al volver, hizo su licenciatura, maestría y doctorado en Harvard en los años Cincuenta. Lo que nos interesa es que, en su tesis doctoral, afirma que lo que legitima un orden internacional es la aceptación de todas las potencias, pero, de ser rechazado por una sola de ellas, se torna ilegítimo, revolucionario y peligroso. Viendo al sistema globalista desde esa óptica, resulta ilegítimo al ser reprobado por China y Rusia actualmente…
En Kissinger, la moral no tiene cabida. Lo que importa es la aceptación de los grandes poderes geopolíticos. Asimismo, volviendo a enfocar la situación de nuestros días: si lo que se acuerde sobre Ucrania es avalado por las grandes potencias, poco importa lo que digan los ucranianos, los europeos o los poderes de menor rango. Como lo vimos en nuestra entrega anterior, China y Rusia han explotado la actuación de Kissinger para atizarle a una ruptura dentro del globalismo, contrapunteado con Brzezinski, aunque ambos ya no estén. Pero no contaban con que Donald Trump iba a hacer lo mismo, en detrimento de los planes sobre todo de Beijing…
Kissinger se convirtió en un personaje de mucho peso por sus relaciones con el Consejo de Relaciones Exteriores, la Comisión Trilateral y el Club Bilderberg, entre otros, así como por su influencia en la política exterior norteamericana a partir de Nixon y su impronta en Harvard y otras universidades. Sin embargo, al igual que con Brzezinski, el detonante fue la era de Kennedy…
El globalismo visto desde la óptica de Brzezinski
Brzezinski, a su vez, era más unilateral y determinante. Podemos decir que mientras el perfil de Kissinger era cómo negociar con los adversarios, el de Brzezinski era cómo ganarles. Su relación con John F. Kennedy data desde sus años en el Senado, cuando Brzezinski buscaba hacer carrera en Harvard y aunque finalmente pasó a Columbia, siguió gravitando intelectualmente en la primera. Como se puede entrever, Brzezinski tenía un pie en el pragmatismo geopolítico y otro en el anticomunismo. Brilló menos que Kissinger en la Casa Blanca, pero más que él al diseñar la Comisión Trilateral. Esta similitud y diferencia entre ambos, fue notada por alguien como Gerry Argyris Andrianopoulos, al afirmar que no coincidían del todo en sus convicciones, pero partían de una misma matriz pragmática. Seguramente las conclusiones de Andrianopoulos no gustaron a Kissinger, pues descubrió que copiaba la geopolítica de su amigo y rival, y que las críticas de Brzezinski hacia Kissinger era para ganarse la confianza de los que recelaban de este último…
¿Por qué es importante saberlo? Pues porque, desde hace varios años, desde China y Rusia han dirigido una campaña tratando de desacreditar a Brzezinski favoreciendo a Kissinger, misma que se mantiene pese a que ambos han muerto. Lo curioso es que han sido secundados, especialmente los rusos, por analistas y comentaristas de Estados Unidos, llamando la atención que se trata de agentes de inteligencia y del servicio exterior ya en retiro. Tal es el caso de Raymond McGovern, exoficial de la CIA, fundador de Veteran Intelligence Professionals for Sanity (VIPS) que, a nombre de acabar con la corrupción en la CIA, constituye una de las puntas de lanza contra el globalismo representado por Brzezinski y Pipes. McGovern los acusa de haberse basado en información falsa contra los soviéticos, pero olvida un detalle: en tal caso, habrían ayudado a Estados Unidos a ganar la Guerra Fría sin tener idea de lo que realmente pasaba en la URSS. De un lado, unos asesores malinformados y quizás hasta mentirosos y manipuladores. Del otro, una nomenklatura soviética plagada de incapaces e imbéciles. Ni más ni menos…
Lo que McGovern refleja es la insatisfacción que ha caracterizado a Putin por el modo en que acabó la Unión Soviética, además de bordear los linderos de las teorías de la conspiración. Por ejemplo, afirmar que el asesinato de Seth Rich en 2016 haya sido un posible ajuste de cuentas en el mar de acusaciones por filtración de información…
Empero, lo que sí es verdad es que con George W. Bush se pretendió justificar la guerra en Irak con argumentos que resultaron ser falsos, haciendo sospechar que el control del petróleo haya sido la verdadera causa…
Este y otros casos revelan lo que parece ser una guerra sorda entre agentes y exagentes de inteligencia en el contexto del debilitamiento globalista. En este sentido, hay que tener presente que, efectivamente, uno de los objetivos de los globalistas fue capturar los aparatos de inteligencia y seguridad, desplazando a sectores no vinculados con ellos…
No es conveniente recorrer el tablero geoestratégico mientras en casa se cruzan acusaciones en el FBI, la CIA o la fiscalía general por el Rusiagate o cualquier otro asunto delicado. Librar una batalla por la preeminencia global, como lo está haciendo Trump, teniendo una confrontación en la propia comunidad de inteligencia, podría ser altamente peligroso para la viabilidad de Estados Unidos como superpotencia…
Hasta entonces…
